miércoles, 21 de mayo de 2008

Cómo vive la gente que tiene trabajo, pero no mucho

(Mi amigo y compañero de trabajo Tomás Eloy Martínez Biral me pidió que subiera una crónica que escribió para la revista Barcelona. Tanto me insistió que decidí hacerle caso.)

Voy a compartir un secreto con los lectores de Barcelona (y ahora, también con los del blog de mi amigo Daniel): estos son días propicios para la llamada “Literatura del Yo” y, por lo tanto, quizá mi confesión sea bien recibida por lectores y crítica. Me refiero a que ando con poco trabajo en estos días. Quiero decir, más allá de esta crónica que estás leyendo, lector amigo, no tengo mucho para hacer. Y debo decirte, lector amigo, que esta crónica que leés cada tanto no me alcanza para ganarme la vida. Estoy negociando con el director de esta revista la puesta online de mi propio blog, pero Joan Marí Carbonell y Figueres se toma su tiempo para evaluar mi propuesta, y mientras tanto, ay, me van a comer los piojos. Le había pedido a Joan Marí que me hiciera lo que los chicos llaman “una onda” en el diario de Lanata, pero su salida intempestiva del flamante Crítica (que aprovecho para recomendar desde esta humilde crónica) generó un efecto dominó y evitó lo que hubiera sido mi ingreso triunfal y mi posibilidad de pagar el alquiler, que ahora se ve un tanto dificultada por ciertos problemas que prefiero calificar como financieros y no como económicos en la medida en que el término “financieros” presupone una dificultad momentánea que el tiempo resolverá apenas tenga tiempo. En fin. Este cronista sabe que el periodismo es una profesión dura, mal paga, una mierda. Pero es lo único que sabe hacer. Y no lo hace mal. Me atrevería a decir que lo hace bien. Que lo hago bien. Me atrevo a decirlo en primera persona, tan estúpida me suena esa impersonal tercera persona cuando estoy hablando o en este caso escribiendo sobre mi vida, ni más ni menos, y no sobre otra cosa. Sobre mi vida y sobre mi oficio de periodista. Mi querido oficio, que tan poco ejerzo últimamente.
Es cierto: tengo trabajo. Escribir esta crónica es un trabajo: hay que sentarse frente al monitor, pensar una idea, escribirla, llegar poco más, poco menos a los 4 mil caracteres, corregirla, adjuntar el archivo, enviarla, etc. No es poco. Pero no es mucho. Lo digo porque no me toma mucho tiempo, porque podría aprovechar el tiempo libre para hacer otras cosas que me dieran dinero, poco o mucho, pero dinero. Todo suma. Quiero decir, un poco más de dinero siempre es bien venido. Sobre todo cuando no abunda, como en este caso. Y así es como le propongo a la empresa que edita Barcelona y a las otras empresas que editan otros diarios, otras revistas (incluso al diario de Lanata, en tanto lo que pasó con el señor Joan Marí Carbonell y Figueres escapa a mi incumbencia, más allá de que, por supuesto, sea mi amigo personal y tan generosamente me haya ofrecido este espacio que representa, hoy por hoy, mi única fuente de ingresos) que aprovechen mi tiempo libre. Yo estoy dispuesto a resignar una parte de mi tiempo libre a cambio de un poco más de trabajo y una remuneración razonable a cambio de ese trabajo. No pido mucho, lo que no quiere decir que pida poco. Pido algo. Ni más ni menos que algo. Algo de dinero. En los últimos tiempos he descubierto que la vida del que tiene algo de trabajo, pero no mucho, es un poco dura cuando uno no tiene la vaca atada y debe trabajar para vivir. Es así, no hay con que darle: el dinero no hace la felicidad, pero da calorcito. Y cuando digo “calorcito”, lo digo metafóricamente, me refiero a un pedazo de queso Mar del Plata, un buen lever, el diario (aunque sea el de ayer) sobre la mesa, una longaniza, un Gancia, una conexión de banda ancha a Internet, unos mangos para invitar al cine a alguna colega, una tarjeta para recargar mi celular, un paraguas que no se me descuajeringue ante la primera ráfaga de viento, un viaje con los gastos pagos de tanto en tanto aunque más no fuera a Jeppener o a Bragado o a Añatuya, un limoncito para echarle a la ensalada, ya no digo un kilo de papas porque están carísimas, pero al menos dos tomatitos, dos plantas de lechuga mantecosa, un par de cebollas grandes, qué se yo, no es mucho lo que pido, dada mi trayectoria, y creo que me lo merezco, y por eso te digo, amigo lector, que si sabés de algún laburo (tenemos la confianza suficiente como para decir “laburo” y no “trabajo”) me lo hagas saber. Este viejo profesional con décadas de oficio, acaso desaprovechado en estos días, te lo va a agradecer.

(Martínez Biral, Tomás Eloy. En Barcelona 130, marzo de 2008.)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Querido Tomás,

¿Qué queda para tus colegas periodistas si vos hoy en día no tenés el reconocimiento que te merecés por tu valiosísima trayectoria y tu increíble aporte a la sociedad...? Qué desilusión!

Te deseo lo mejor,
Una colega