lunes, 19 de mayo de 2008

El Purvi


Conocí al Purvi una mañana que había salido de testigo en un juicio (yo, no el Purvi), una causa justa, una buena declaración, la querellante muy contenta, desde la ventana del juzgado se veía el chalecito de la 9 de Julio y a las 10 y media de la mañana estaba en la calle y yo estaba sin perro y quería un perro y me metí en un ciber a mirar páginas de adopción de perros (encantador fundamentalismo: uno dice, leí que acá regalaban un perrito; le responden no, no, hay una confusión, no “regalamos perritos”, los damos en adopción) porque quería un perro y me negaba y me niego y me negaré a comprar un perro: ¡Los perros no se compran! Anoté cuatro o cinco nombres de perros cuatro o cinco teléfonos y todos los perros habían sido adoptados y cada nuevo ya fue me lastimaba más, y entonces me dije es evidente que mucha gente acostumbra navegar por internet. Era el 8 de febrero de 2006 y hacía calor y se me ocurrió que hay mucha gente que acostumbra navegar por internet, pero tal vez poca gente que acostumbra visitar la Sociedad Protectora de Animales Sarmiento, pero tal vez muchos perros en la Sociedad Protectora de Animales Sarmiento, en Santiago del Estero 649 y allí fui, caminando, no estaba muy lejos estaba nervioso muy nervioso muy nervioso cuando entré a buscar a mi perro entre todos los perros, entré en un patio lleno de jaulas cada jaula con un perro adentro y todos los perros ladraban, me ladraban para que los mirara, todos los perros me decían sacame de acá pero yo no podía sacarlos a todos, tenía que sacar a uno solo, era como esas películas cuando la abogada visita el penal y camina por el pasillo acompañada por el guardiacárcel, presos a los costados aferrados a los barrotes, presos que la miran en busca de un dato que les cambie la suerte.
El Purvi estaba ahí y lo llamaban Pancho y yo dije ningún Pancho, este es el Purvi, me querían dar a Marlboro que era lindo perro Marlboro, pero a mí me gustaba más el Purvi, me hicieron recorrer el patio y la pensé un poco porque todos los perros tenían lo suyo, pero siempre volvía al Purvi que se llamaba Pancho que ladraba y que me miraba distinto de los demás, como si supiera. Entonces dije es este y le abrieron la jaula y el Purvi que se llamaba Pancho saltó y corrió y corrió atravesó el patio y corrió por el pasillo hasta la puerta corrió como el correcaminos como correría cualquiera cuando le abren la jaula corrió miamigomío y mientras corría le prometí que nunca más estaría en una jaula y cuando se quedó quieto le dieron la antirrábica, se las pagué y me lo llevé. Era la primera vez que tenía un perro a mi cargo y no recuerdo qué pregunté pero pregunté mucho, cuánto come, qué come, el cronograma de vacunas, ese tipo de cosas, les demostré a la vez mi absoluta ignorancia en materia de perros y la mejor de las buenas voluntades. Les pregunté si lo podía llevar caminando hasta Constitución, no porque pretendiera ahorrarme el taxi sino porque me pareció que el Purvi querría ver la calle, mear los árboles, caminar, es lo que querría yo si me pasara el día en una jaula, era lo que quería él porque no se quejó en ningún momento y caminó, parando en todas pero caminó trece, catorce cuadras. Nos tomamos el tren en Constitución, yo sentado, él recostado en el suelo, mientras sacaba el boleto en la maquinita lo vino a saludar un perro solitario y, creo, solidario, y tal vez garrapatudo, y me asusté, pero el perro todo bien, quería jugar nada más, pero yo, todavía sobreprotector, todavía ansioso por llegar, subí al tren, el perro solitario solidario subió, también, pero bajó antes que el tren arrancara, lo quise llevar a upa (¡Quinterno!) pero al Purvi no le gustaba, y en todas las estaciones se quería bajar, pero teníamos que bajar en Banfield y nos bajamos en Banfield y nos tomamos ahora sí, un taxi hasta mi casa, temblando yo para que no meara el taxi, lo cual era imposible si consideramos la cantidad de árboles que había meado a lo largo de catorce cuadras, si consideramos que había meado los primeros árboles y a los otros les amagaba pero no los meaba, tenía un mear heterodoxo en aquella época, acaso porque tenía un año nomás, a veces meaba clásico levantando la patita a veces meaba como nena estirándose sin levantar nada, ahora mea siempre clásico levantando la patita.
Y llegamos a mi casa y le dije a Moni te traje una sorpresa o tengo una sorpresa, no sé, verbo en primera persona del singular + una sorpresa y Moni me quería matar habíamos hablado del asunto, íbamos a tener un perro pero la tomé de sorpresa (¡Tenía una sorpresa!) y se enojó y me dijo no había uno más lindo, lo que parece mentira porque ahora ella está convencida de que no, no hay no puede haber un perro más lindo que el Purvi, pero eso se lo debemos a la infinita capacidad seductora del Purvi, que estaba sediento ese primer día, luego de la secuencia catorce cuadras + tren + taxi y estaba nervioso y andaba de acá pa llá y estaba mugriento qué decir, mugriento es poco mi amigo brilla ahora de toda brillantez el superperro mi amigo vino a este mundo a brillar.
Cuando bajó al jardín por la escalera caracol fue el acabóse, Purvi corriendo una larga distancia en círculos (¡Yes!), Purvi de la jaula al verde Purvi cavando un pozo en la tierra, Purvi en busca de lo profundo, existencialista Purvi.
El Purvi combina el negro y el vainilla de los manto negro o los ovejeros, pero carece de la forma castrense de éstos (El Purvi tiene la cabeza redonda y un cuerpo de proporciones dudosas, patas que parecen poco para sostener tanto perro… ¡eppurvi si muove!) y no es nada guardián y mucho menos policía. El Purvi es mestizo, como dicen los veterinarios, o atorrante o raza perro o como se diga, como lo demuestra además ese tercer color, ese triángulo blanco de toda blancura a la altura del pecho. Y es morrudón, 13 kilos de perroperro, de súperperro y tiene los mejores ojos que un perro haya tenido jamás, es un perro pyme, un chiquimediano, es nuestro auténtico sostén emocional, porque nos contiene, el Purvi, de los infiernos heredados, enorme responsabilidad sobre su lomo (los perros no tienen hombros) y ni cuenta se da. El Purvi se llama Purvi porque Purvi era uno de esos apodos cariñosos de circulación interna entre novios que teníamos con Moni, y fue el que más nos duró, o sea pasaron Pupi (¡Zanetti!), Pucú, Puquita, empalagoso etc. Y el Purvi lleva el nombre de nuestro amor porque eso es, en efecto, el fruto de nuestro amor (¡Freud!) y lo tratamos en consecuencia, aunque nada se compara (¡Prince!) al modo en que nos trata él. O sea, el veterinario le dijo Te sacaste la lotería, mi amigo, cuando los que nos sacamos la lotería fuimos nosotros. El Purvi es la Lotería mesma, la Lotería de Cuatro Patas. Luego supe que Purvi era un nombre hindú. El Purvi ya lo sabía, estoy seguro. ¡¡¡Qué perro, señores!!! Llego a casa le pregunto ¿Cómo está el amigomío que tanta alegria nos da? ¡¡¡Qué perro, señores!!! No da la patita, pero hace el muertito (¡Solari!), largos ratos en busca de largos mimos, y hace jueguito con una media y se roba las medias, avanza sigiloso hasta las medias y se las lleva y las tira para arriba (¡Mateos!) describen parábolas las medias sobre todo las sucias las con olor las que saca de adentro de las zapatillas porque las medias limpias al Purvi no le interesan nada, ¡¡¡Qué perro, señores!!! El Purvi hace el tristecito para que lo saque a pasear y nos habla, aunque no siempre entendemos lo que nos quiere decir. ¡¡¡Qué perro, señores!!! ¿Acaso qué? El Purvi mueve su plato rojo con el hocico y con las patas hasta que eyectan las piedritas de alimento balanceado y nunca pero nunca, jamás de los jamases come cuando nosotros no estamos. ¿Qué pasa, qué pasa, qué pasa perro perro?
El Purvi está castrado, así venía de la Sarmiento, y sin embargo cada tanto se emociona: es como si cogiera con el aire, avanza en cuclillas unos pasos en actitud uno-dos uno-dos (¡Burgess!) y después guarda su Purvipito y la vida sigue. Cuando salimos a pasear, el Purvi baja la escalera con su propia correa entre los dientes y ladra hasta el momento exacto en que pongo la llave en la cerradura, en la calle el Purvi se hace amigo de los perros pyme como él (el más amigo perro perro es uno al que llamamos Puchuflo) y apura con coraje guevarista a los perros grandotes, a los idiotas de cabeza cuadrada los perros poca onda los guardianes de 50 kilos que por ahora, felizmente, lo ignoran, o sea se niegan a confrontar con el Purvi, y no queda sino lamentar las limitaciones de un Purviescrito, que sólo puede ser concebido si uno admite que no hay un texto definitivo, que habrá más más y más, y que la suma de los Purviescritos diseminados a lo largo del tiempo y a lo largo de los libros representará, aunque sea, una leve aproximación al Purvimundo, que es el mejor de los mundos posibles y que es, también, gracias a la buena voluntad del Purvi, mi mundo.
(De La venganza del Sea Monkey, inédito.)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

aguante el purvi. guau guau.

Funes dijo...

Y sí, el Pedro tiene razón. Aunque el asunto de los paréntesis...

Muy bueno, Daniel. Muy bueno.

Alejandra Márquez dijo...

hola Dani, acá Alejandra Márquez, no pude entrar antes a tu blog porque me fui a Montevideo Comics.
Yo tengo una perra, se llama Electra. También vino desde un refugio, el de ella estaba en Morón. En realidad busqué por internet y yo había elegido otra, pero cuando llegamos con Micaela, esa ya había sido adoptada, así que como el viaje fue largo, nos trajimos a Electra, ahora tiene 1 años y medio, más o menos.
También tengo dos gatos, uno nació en casa, el otro fue rescatado de una bolsa por Matías Timarchi, un editor comiqueril. El comentó que le habían arrojado gatos bebes en una bolsa y bue...Burton vive en casa ahora. Los hermanitos se ubicaron por otras casas.
Te mando besos, te quiero mucho y me alegró un tocazo verte la otra vez.
Saludos a Mónica :)

tetrabrik dijo...

así que la venganza del sea monkey...

a tu salud, dani

Alejandra dijo...

El relato sobre la llegada de Purvi y la vida con él me emocionó mucho. También tengo perroamigos callejeros y son de lo mejor que hay.
Abrazo, seguiré leyendo,
A.