miércoles, 16 de julio de 2008

minimanifiesto

El respeto a un plan, a un hilván, una concatenación de boludeces que a esta altura de la soirée, si me lo propongo podría atenazar y organizar en una orgiástica (no, nada menos orgiástico que eso) en una nada con introducción, nudo, desenlace y hasta pretensiones vanguardistas, una reputación construida sobre la base de mentirle a los semejantes o de atarse los codos. Y me acuerdo no sé por qué (sí sé por qué) me acuerdo de Baudelaire, que Borges y Bioy decían que era un estúpido y está bien los dos viejos como los Muppets en el palco bajando línea dando con un fierro caña eso es, poder decir cualquier cosa más o menos con la misma feliz impunidad. Es verdad, escribe Baudelaire, que no ha sido para complacer al lector ni para escandalizarlo que he expuesto ante sus ojos tales imágenes; en uno u otro caso, hubiera sido faltarle el respeto. Lo que da valor y consagra a esas imágenes, es la cantidad enorme de pensamientos que hace nacer, casi siempre negros y severos.
Y también (y sobre todo), escribe Pero, afortunadamente, se presentan de vez en cuando los enderezadores de entuertos, los críticos, los aficionados, los curiosos, los que afirman que no todo está en Rafael y que no todo está en Racine y que los “poetas menores” tienen algo de bueno, de firme y de delicioso; y, por fin, que si tanto se ama la belleza general, expresada por los poetas y los artistas clásicos, se comete un grave error desatendiendo la belleza particular, la belleza de circunstancia y el rasgo de las costumbres. Muy muy bien El pintor de la vida moderna en El arte romántico, Editorial Schapire 1954 Traducción de F.J.Solero. Aún recuerdo el día que lo vi en la vidriera de Club Burton Libros, Estados Unidos esquina Chacabuco, capo capo el pibe de la librería creo que me costó veinticinco mangos y todavía faltaba mucho tiempo para que me asaltaran y todavía faltaba mucho para tantas pero tantas cosas que no sé por dónde empezar, pero me gusta, me va gustando, va queriendo, dos gerundios aia violamos todo lo que amamos para vivir, para vivir, eso escribió Charly García nunca tomado todo lo en serio que se merece cuando apunta la necesidad de desaprender, cuando Say No More y el error y todo eso. O sea, el manifiesto de la reinvención permanente (¡Trotsky!), el regreso al artesanado y a la equivocación y a la humanidad ahora que cualquiera toca “bien”, ahora que la prolijidad está al alcance de la mano de cualquier idiota con protools. Generalmente, escribe Proust, los grandes escritores que no saben escribir (como los grandes pintores que no saben dibujar) no han hecho, en realidad, más que renunciar a su “virtuosismo”, a su “facilidad”, innatos, con el objeto de crear, para una nueva visión, expresiones que traten gradualmente de adaptársele, perfecto, ahora, la renuncia a lo que se espera de uno, el momento en que la crítica se fastidia, y entonces, tal vez, el manifiesto, palabra que le encanta a mi amigo Pablo Marchetti, el artista, agudo y macizo lector de manifiestos, davincesco Pablo que reclama siempre que no nos quedemos quietos, el mazazo en la nuca, el desquiciado reflejo del desquicio propio y ajeno, Pablo, el padre de Lina y de Fermín y de Bueno Zaire y de canciones y de discos, incansable y contagioso la primera vez que lo vi inventaba a un improbable vendedor de caramelos, chocolates y manices en un estudio de radio, un vendedor de caramelos, chocolates y manices mucho mejor que los verdaderos (y que seguro vendía mejores caramelos, chocolates y manices, porque... ¿quién quiere reflejar la realidad, a quién le importa disfrazarse de espejo? ¡Como si la realidad fuera plana, además!)

(De El carácter Sea Monkey, 2007)

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