viernes, 8 de agosto de 2008

Aurelio Juan Riera

Mi padre tuvo un pico de presión, agonizó tres días en la cama de un hospital público y luego se murió. En la morgue del hospital mi madre posó su mano sobre la frente de mi padre y le dijo despierta, pero mi padre no estaba dormido y no era Lázaro. Estaba muerto. Su cabeza, lo único que nos permitía ver de su cuerpo la manta que lo cubría, había adquirido un color amarillento. Su cabello, escaso, estaba despeinado. Yo sabía que él no hubiera querido que lo vieran así, pero no tuve el coraje suficiente para peinarlo. De eso, de embellecer la muerte, se ocuparían más tarde los del servicio fúnebre.
Desde que internaron a mi padre en el hospital hasta que murió, mi madre y mis hermanos soñaron con un milagro. Los médicos tuvieron la prudencia de desahuciarlo la primera noche. Cada nuevo informe confirmó la misma noticia: mi padre moriría y ya nada se podía hacer por evitarlo. La fe que no comparto con mi madre y mis hermanos me hizo sentir aún más solo, más desamparado. Fui el único que aceptó la realidad tal cual era desde el principio, el único que intentó acostumbrarse a la idea en lugar de negarla. Mi padre se estaba muriendo. Esa certeza previa no me sirvió de nada, no me ayudó a enfrentar ni mucho menos a comprender el desenlace. No es posible prepararse para un acontecimiento semejante. O por lo menos, no fue posible para mí.
Mientras estuvo en la sala de Terapia Intensiva del hospital, lo visité. Estaba en coma cuatro y tenía la mejilla izquierda hundida por el tubo del respirador artificial. Una vez le dije vamos Rojo, no afloje carajo. En alguna mueca de su boca creí advertir una sonrisa, pero no le dije nada a nadie: no podía saber a ciencia cierta si me escuchaba o no, no tenía la intención de alimentar las esperanzas vanas de nadie. En la última de las visitas le dije supongo que nos estamos despidiendo, espero que sepas que te quiero, espero habértelo demostrado en todo este tiempo.
Esa noche soñé que mi padre se despedía. Que me daba un beso, me decía chau, Querido, y se alejaba, caminando despacio. Me despertó un llamado del mayor de mis hermanos: los médicos del hospital querían hablar con nosotros.
Supe, entonces, que mi padre había muerto.
No recuerdo qué palabras exactas empleó la doctora que nos dio la noticia. Sé que usó eufemismos, que evitó la palabra muerte y el verbo morir, que se excusó, dijo algo como ustedes saben, cuando llegó acá el cuadro era muy grave y no se pudo…
Mi madre preguntó podemos verlo, la doctora dijo sí, está en la morgue. Allí estaba. Lo que quedaba de mi padre era ese cuerpo flaco, amarillo, inerte, al que nunca volvería a ver. Ahora que pasaron cuatro meses puedo decir que lo que quedó de mi padre es mucho más que eso, es mi memoria, es su huella, son los rasgos que heredé de él, las enseñanzas que me legó y también, por qué no, los desencuentros. Lo amaba, aunque durante mi adolescencia llegué a aborrecerlo. Lo amaba y creo que llegó a saberlo. Ahora que pasaron cuatro meses de su muerte puedo asumir lo que quedó de mi padre. Ahora es más fácil que hace cuatro meses, cuando ese cuerpo flaco, amarillo, inerte, fue colocado en un ataúd que al cabo de unas horas fue cerrado con llave, que luego fue llevado al cementerio, que luego cargué hasta una fosa –los amigos y los parientes lejanos pueden decidir si toman o no las manijas del ataúd: los hijos no, los hijos tienen que hacerse cargo– donde unos empleados que no lo conocían, que no sabían que ese hombre había sido mi padre, lo depositaron y lo enterraron en pocos minutos con veloces, enérgicas paladas.
La historia que necesito contar ahora no es de ficción, es la historia de mi padre o, mejor dicho, la historia de su vida como mi padre, que es a la vez, inevitablemente, la historia de mi vida. De modo que al escribir sobre mi padre también estoy escribiendo sobre mí. Chocolate por la noticia, dirás. Pero yo necesito pensar en voz alta y escribir es una forma de pensar en voz alta, de masticar lo que pasó, de enterrar a mi padre.

(De Vas a extrañarlo, porque es justo, 2002)

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu texto es impresionante. Alguien dijo: "escribo para no morir de tristeza". Te entiendo. En realidad, no sé. Tengo todavía a mi padre. Intento entender. Y no quiero. Con afecto, Nuni.

El Escribidor dijo...

Los que compartimos una fe que tú no compartes, esperamos en la esperanza. ¡Muy bacano!

Laura Z dijo...

Creo que compartimos una historia que aunque diferente es en esencia la misma, mi padre murio tambien. Tienes razon uno nunca esta preparado para ver a un ser querido morir y mucho menos a un Padre. Efectivamente ahora valoro mucho mas lo que mi Padre fue y lo que hizo. No entiendo porque y nuca entendere pero ahora es mas facil al pensar en eso aunque todavia se humedezcan mis ojos.

Claro que ame a mi Padre, claro que aun lo amo, claro que siempre lo amare.

Anónimo dijo...

Daniel, compartiendo la experiencia estuve buscando este libro por todos lados, infructuosamente, claro.
Como lo consigo? Siento algo asi como la necesidad de leerlo. Gracias!
Flor

Márgenes Populares dijo...

Avelino murió hace 15 meses; estaba jodido pero sano. Se operó para estar mejor pero no se recuperó: algunos gustos le pasaron factura, gustos que quizá ni siquiera disfrutaba mucho.
El día que murió Avelino no lloré, lo hice luego. Mi falta de fe no fue tan fuerte como para no imaginarlo liberándose de dolores tan abyectos que ni siquiera jaqueaban su vida. Les dije al jefe de terapia y al pibe de la funeraria que era mi viejo, pero no, me entendés? Sólo administrativamente lo era. Mi viejo no acostumbraba morirse, tampoco arriesgar, todo era muy asombroso.
Los detritos de fe sólo me aturdieron, junto con mi absurdo racionalismo: no hay cierres, ni despedidas, menos compensaciones. A veces se arriesga y no se gana, a veces no es justo. La angustia no es una inversión si no hay victoria. Sólo quería saber dónde estaba mi papá. No podía ni imaginarlo, había comprobado que Dios no existía y que sin embargo necesitaba llenar ese hueco como sea, para entender y seguir adelante.
A fines de junio de 2008, España ganó la Eurocopa. Me hubiese gustado compartirlo con él, lloré en silencio frente a un amigo con el gol del Niño Torres. No alcanzaba. Pero eso tenía que significar algo; escribí un comentario en Marca homenajéandolo, con el triunfo como excusa. Que mi viejo se volviera una anécdota me atormentaba, sabía que eran las últimas lágrimas. Un pibe del otro lado del mar que lo trajo acá lo leyó y me dijo que lo que escribí era hermoso y que era "un crack". Me quedé tranquilo, algo podía adquirir sentido. Aparte, España había sido un justo campeón.

Francisco.

lucas dijo...

. . .

paul auster, en la invención de la soledad, dedica la primera parte
(el hombre invisible)
a su padre, cuya muerte fue el disparador de la historia.

el autor sintió la necesidad de escribirlo, para no olvidarlo.

riera, fue un extraño espejo éste, su texto.

estoy leyéndolo ahora porque leí antes página12, y me interesó la propuesta de antilibros.
en el año2006 publiqué el primer poemario, Plan para Sonámbulos, con los mercenarios de Dunken.
la continuacion, Bienvenido Peligro, está terminada, a la espera de una voluntad.

me gustaría conocer sus condiciones de impresión.
puedo adjuntar un puñado
de poemas.

muchas gracias
paz y bien