martes, 30 de septiembre de 2008

El Dani, de Francisco Mouat

Conocí a Daniel Riera hace unos cinco años. Era muy buen amigo de un muy buen amigo, le gustaban más que todo el fútbol y la literatura, y habíamos decidido por correo electrónico que debíamos conocernos personalmente, que no cabía ninguna duda de que tendríamos que hacernos amigos para toda la vida. Daniel vivía en la zona sur de Buenos Aires, en Lanús, un barrio porteño al que yo nunca antes le había prestado atención, incluyendo en mi indiferencia al equipo granate, el Lanús, camiseta a la que Daniel seguía con un fervor inigualable semana a semana.
Viajé el 2002 a Buenos Aires, más que nada a conocer a Daniel, a iniciar de una buena vez nuestra amistad, y en el aeropuerto de Ezeiza me esperaba un taxi coordinado por el Dani que me llevaría directo hasta su casa. Había que correr para llegar a la hora. Iríamos a la cancha.
Fue una operación de relojería. En el trayecto al estadio nos fuimos encontrando con algunos de los habituales compañeros de tablón de Dani, y el grupo se fue ampliando. Durante la caminata Dani me contó una anécdota que retrataba el espíritu de los granates como él: semanas atrás, a uno de los amigos que ahora nos acompañaba, el taxista Alejandro, le habían robado su auto en el clásico contra Banfield, eterno rival de Lanús. Ese día, Lanús le había empatado a Banfield a punta de garra: 1 a 1. Satisfecho, con esa sensación de deber cumplido que te da jugarte la vida contra tu archirrival, Alejandro y sus amigos volvieron hasta donde habían dejado el auto y el Fiat blanco no estaba más. El cuidacoches se había coludido con unos ladrones y así robaron varios autos esa tarde. Alejandro ni se molestó. Lo vio casi como una condecoración. Dijo que con la valentía que había mostrado el equipo esa tarde, no había que preocuparse de semejante tontería. ¿Qué era un auto? Estuvo semanas sin poder trabajar, pero feliz de haber palpado en vivo y en directo el coraje de Lanús en un clásico.
Esa tarde en que nos conocimos con Daniel, Lanús dio vuelta un partido increíble y acabó ganándole en el último minuto por 2 a 1 a Racing. Esa tarde me hice granate.
Ahora en el 2007, cuando por primera vez en su historia Lanús podía coronarse campeón del fútbol argentino, nos escribimos previamente con Daniel. Le dije que vería el partido contra Boca Juniors por televisión, y que me ocupaba el pálpito de que conseguirían el punto necesario para campeonar. Lo que no le dije es que también pensé en su padre. En Aurelio Juan Riera, muerto después de un accidente vascular hace unos años. Dije: este caballero debe estar en algún sitio acompañando a su hijo Daniel en este momento. Vas a extrañarlo porque es justo se llama el libro que me regaló Daniel el mismo día en que lo conocí, el día en que fuimos a la cancha de Lanús. Un homenaje a su padre que Dani escribió después de su muerte, y que cierra así: “Voy a extrañarlo porque es justo. Ya no me hace falta seguir escribiendo. Ya estoy en paz. Puede ser que ya no vuelva a verlo excepto en fotos. Puede ser, sí, pero ya nadie podrá quitarme el sonido de esa voz que resuena en el viento, la voz de un hombre bueno que me dice que me quiere. La voz de mi padre, Aurelio Juan Riera, eterna en mi memoria”.
Grité como un enajenado el gol de cabeza del Negro Sand en la Bombonera el otro día, el gol con que Lanús empezó a ser campeón. Acá en mi casa me miraban como a un bicho raro. Los que no viven la amistad como uno no pueden entender, pero al otro lado de la cordillera un amigo tuyo, un hombre al que quieres porque sí, está tocando el cielo con las manos. Aunque todo sea una ilusión, el Dani estuvo viendo la imagen de su padre en el fondo del vaso de esa cerveza de noche con que apaciguó la euforia que quizás no vuelva a vivir nunca más en su vida. Lanús es un equipo chico que se demoró 93 años en ser campeón. Cuántas derrotas tuvo que pasar antes de levantar la copa. La vida, Daniel. La vida, una suma de restas en el tiempo que a veces tiene el sabor de un milagro.
(Publicado en El Mercurio, de Chile, en diciembre de 2007.)

2 comentarios:

natanael amenábar dijo...

Valió la pena. Bostero como soy, no te voy a decir que lo grité, pero quería que empate Lanús. Un equipo de esos que dan gusto que salgan campeones.

daniela g dijo...

Me hicieron lloriquear los tres (vos, Pancho y el que cita el artículo de Mouat), y con todo me dan ganas de agradecer lecturas así.