sábado, 6 de septiembre de 2008

Los compañeros

Valió la pena encontrarse, anoche, con las únicas personas en el mundo que todavía de tanto en tanto me dicen “Pájaro”: mis compañeros del colegio. Éramos unos quince en una de esas pizzerías de San Telmo con número vivo, o sea, con banda pedorra que toca covers como el orto. Y aunque ni el ruido ni la mesa larga facilitaban demasiado la comunicación con los demás, lo cierto es que igual le encontramos la vuelta. Yo iba y venía de una punta a la otra, contame, qué fue de tu vida, en qué andás: había chicos (yo les digo “chicos”: ya no lo son) a los que no veía desde hace veinte años. Estuvo bueno reconocer en esas caras queridas al que uno mismo fue allá lejos y hace tiempo. El solo hecho de mirarlos era gratificante: yo le temía un poco a ese reencuentro con el pasado. Temía que no tuviéramos nada para decirnos, temía que fuéramos un grupete de extraños conocidos. La verdad es que fue al revés. Traté de dedicarle un rato a cada uno y me quedé corto: llegué muy tarde y las tres horas que estuve allí no alcanzaron para hablar con los otros catorce, pero hice lo que pude.
Me descubrí contándole intimidades con toda naturalidad a una amiga a la que en estos años me había acostumbrado a ver sólo por la tele.Yo sabía que habíamos sido amigos hace mucho, pero no sabía si seguíamos siéndolo.Estuvo bueno saber que hay cosas que no se rompen así nomás. Cuando ella me mostró en el fondo de pantalla de su celular la foto de sus hijos, recordé que cuando terminamos el colegio no existían los celulares.
Supe que en este tiempo algunos chicos se enteraron y alegraron por algunas cosas que yo hice: el Bizarro, mi trabajo en la revista Barcelona. Una me dijo que se sentía muy orgullosa de mí. Hablaba como si fuera mi hermana y, en cierto modo, lo es. Nadie elige a sus compañeros, pero yo estoy muy feliz con los que me tocaron en suerte. La verdad es que mi colegio era una mierda: privado, caro, para familias de clase media con aspiraciones de garcas. Ahora veo que mis compañeros evitaron con inteligencia y elegancia la lobotomía que había sido programada para ellos. Son buena gente, todos. Algunos han sufrido golpes duros pero se los ve de pie, enteritos. El que me llevó a mi casa en su camioneta definió mi vida: en su casa, hace 24 años, escuché por primera vez un disco de los Rolling Stones. Era Still Life, que en la Argentina se tradujo como Aún en vivo. Supongo que de eso se trató la reunión de anoche, de celebrar que aún estamos vivos, de no olvidar que todavía contamos con el afecto de nuestros viejos compañeros de ruta.

4 comentarios:

p.d. alvarez dijo...

Que lindo es saber que hay gente para la cual el pasado se convierte en alegrías del presente y para otros en un llamado al programa de Formento.

NUNA dijo...

Me encantó el texto. Como siempre. Todos tus textos siempre me gustaron. Me encanta que nos hayas visto "sanos y salvos". Escribí más!! Me hace bien. NUNI

Alejandra Márquez dijo...

¿y cuando nos encontramos nosotros, Dani?
tenemos un café pendiente, yo capuchino, proque tanto café en años me hace mierda el estómago.
También tenemos años para hablar y algo me dice que pasará como comentás pasó con tus ex compañeros del cole: por ahí asusta reencontrarse, pero tanta cosa compartida en alguna época queda boyando aún en nuestro interior :)
besos

Anónimo dijo...

Estamos. Abrimos la caja de los recuerdos y encontramos exactamente lo mismo. Todo estaba ahí. El tiempo no altero nuestra esencia. El mismo idioma , los mismos gestos , el mismo significado en cada palabra , hasta la misma mascota (Toto).
Algunos dijeron que con Still Life los Stone iniciaron una línea infinita al futuro , -un antes y un despues - que ese disco recupero el alma de la banda. Espero que este reencuentro también comience a trazar una línea imaginaria e infinita para nosotros. Siempre estamos. Javi (Gracias por permitir compartir tu espacio)