viernes, 26 de septiembre de 2008

Un tremebundo caso de plagio múltiple

A Ricardo Piglia.
Bueno, aquí estamos, renovando ese vínculo indestructible entre nosotros. Las ideas no se matan. Estoy seguro de que me buscaste en los lugares de siempre y no me encontraste, y que viniste a parar aquí, y sí, me encontraste. Cómo explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome. Las cosas viejas pasaron: he aquí todas son hechas nuevas. La historia me absolverá. En estos días he recibido algunas ofertas de personajes inescrupulosos: querían que revelara los secretos de mi paciente más famoso, Marcelo Tinelli. Que dijera la verdadera razón por la cual lo llaman “El Cabezón”. Me negué. Que contara, con pelos y señales, cierta experiencia de Marcelo con dos traviesas vip que le presentó Florencia. Me negué. Me insistieron para que develara los nombres, los aranceles, para que generara un escandalete que le hiciera ganar dinero a esas revistas, propiciara una crisis en el matrimonio de mi paciente y me convirtiera ipso facto en un profesional poco serio. Los seres humanos, aún en los peores momentos, tenemos que mantener una ética. La pasé mal en estos días: tu lo sabes. Enojado con la humanidad, en estos días pensé que los espejos y la paternidad son abominables, porque todo lo multiplican y lo divulgan. Pero al hombre que lo desvela una pena extraordinaria, como el ave solitaria, con el cantar se consuela. Un querido amigo me dijo que le gustaba cuando callo, porque estoy como ausente, distante y doloroso como si hubiera muerto. Es que, entonces, una palabra y una sonrisa bastan, y mi amigo está alegre, alegre de que no sea cierto.
Por momentos me siento raro. Siento que al otro, a Bucay, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Bucay tengo noticias por correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición.
Y aquí estamos. Insisto. De nuevo juntos. Pido a los santos del cielo que ayuden mi pensamiento: les pido en este momento que voy a contar mi historia, que refresquen mi memoria y aclaren mi entendimiento. Estoy seguro que así se hará. Grita a una montaña y pídele que se eche al mar: si crees lo que dices, seguro que se hará. En estos días la pasé muy mal. Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado el velador, se me cerraban los ojos tan pronto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después me despertaba la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar la luz de una vez; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones.
Una mañana, al despertar de un sueño agitado, me encontré en mi cama transformado en un horrible bicho. Estaba acostado sobre la espalda, una espalda dura sobre su caparazón, y al levantar un poco la cabeza, me di cuenta que tenía un vientre convexo, de color marrón, surcado por numerosas nervaduras. En otro sueño me hallaba en París, buscando a mi novia Magalí. ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andandio de un lado al otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
En los peores momentos, el amor nos ayuda a resistir. ¿Les he dicho ya alguna vez que lo esencial es invisible a los ojos? Si yo hablara lenguas humanas y angélicas y no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena o címbalo que retiñe. Si tengo profecía ye entiendo todos los misterios y todo conocimiento; y si tengo toda la fe, de tal manera que traslade los montes, pero no tengo amor, nada soy. Si reparto todos mis bienes, y asi entrego mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve. El amor tiene paciencia y es bondadoso. El amor no es celoso. El amor no es ostentoso, ni se hace arrogante. No es indecoroso, ni busca lo suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal. No se goza de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. ¿No es verdad? Bueno, eso es todo lo que tengo para decir por ahora, en este feliz reencuentro. Ahora voy a dormir. Ah, un encargo: si llama ella nuevamente por teléfono, díganle que no insista, que he salido... Hasta pronto.
Jorge Bucay
(Publicado en la revista Barcelona, vaya a saber cuándo.)

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