jueves, 30 de octubre de 2008

Infiernos heredados

En otras palabras… ¡al hermano ni justicia! ¡El Gran Hermano! (¡Orwell!) ¡El Gran Hermano! (¡Endemol!) o sea, es un hecho y a lo hecho pecho si te gusta bien y si no también la geneología genera genitales gordos, globos repletos de pus pues esto es lo que hay, lo que nos ha tocado en suerte, en mala suerte, y estás desorientado sin saber qué trole hay que tomar para seguir (¡Cátulo!) y hacés lo que siempre hay que hacer en estos casos, tomás un libro cualquiera de la biblioteca, en este caso Las sagradas escrituras, de Héctor Libertella, y lo abrís en una página al azar, porque si mirás el índice no tiene gracia, si mirás el índice es una desgracia, o sea no índice y tipiás tipiás sin vergüenza el libro ajeno, a lo Di Nucci, ¿Cómo podrá afectar la crisis de su país el trabajo del escritor argentino, en sus condiciones de producción, presiones lugareñas, modas pasadas de moda, desinformación al día, pobreza de mercado? Para escapar del suicidio-metáfora de esa cárcel será necesario un pequeño desplazamiento que venga a decir: si la literatura en mi sien, entonces el agujero en tu mercado. Porque, en la misma vía de ese deslizamiento, si no hay papel cualquiera puede escribir en las paredes, y si no hay paredes él retendrá en el paladar los restos que le devuelva su propia oración; su canción de ausencia. ¿Así rezaba Cicerón?: –Lanza palabras fuera de la boca, y en la gruta de esa boca [rajadura, unión, juntura, grieta, comisura] escucha como memoria o eco todo lo que evoque ese canto que se va con el viento–.
O sea, bien, muy bien, onomatopeyas variopintas y alborozado aplauso y feliz repetición del recurso (Joy In Repetition, o sea (¡Prince!)) Un poco en la huella de su propia biblioteca, algunos autores parecen estar construyendo El Libro de Los Libros, que sería como una antología armada sobre pedazos, trozos, sonidos, trinos de varias páginas dilectas de este siglo. Bravo bravo bravo bravísimo bravo Libertella. El Libro de los Libros. Trozos, sonidos, trinos. Lo que queda es caminar hacia la cocina, preparar mate, tratar de no caer vencido no dormido justo ahora que se pone bien bueno, jaja, bien bien buena tu te ves bien buena (¡General!) el mate se lavó más temprano que tarde sin reposo (¡Milanés!) Milanés lo que hay, me da pereza arreglarlo con lo que me costó caminar hasta la cocina tomo este mate lavado de palos navegantes este puerto de palos verdes en suma este lavativo que amenaza perforarme este tránsito veloz hacia la Náusea (¡Sartre!) y ahora que lo pienso no leí, aún, la Náusea, es raro porque leí Las Palabras y me gustó y leí El Muro y también, pero la Náusea no, no le entré, como dice el Gato, qué si le entró y dice que es un plomazo.
El programa de la ausencia de programa, el único programa: eludir a los infiernos heredados, eludirnos escribiendo sobre ellos, escribiendo a pesar de ellos, escribiendo mucho y rápido, traqueteando al Packard Bell. Vamos bien vamos bien, por lo menos hay entusiasmo van vienen los dedos los caracteres y eso es más o menos lo que importa, el modo en que uno los ordene es un problema de la crítica juajuajua. El problema mío, el problemón, diría, es que se me cierran los ojos, se cierran solos, me pesan las pestañas y se me cae la cabeza. Este panorama fantasmagórico me arrastra hacia la cama. Al despertar mejoran las cosas, ya no se me cierran los ojos, no solos al menos, ya no me pesan las pestañas ni se me cae la cabeza. Eso es bueno.

(De La venganza del Sea Monkey, inédito)

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