viernes, 24 de octubre de 2008

Un perro en San Telmo

Ayer caminaba por la calle Defensa al 1300 cuando vi un perro que se detuvo frente a un perchero que estaba en la vereda, a menos de un metro del suelo, donde exhibían remeras con leyendas pretendidamente jocosas. El perro movió con el hocico dos o tres remeras, como si fuera un posible comprador o uno de los turistas que recorren la zona. Eligió una blanca, con la foto de Isabel Sarli y la leyenda ¿Qué pretende usted de mí? La orinó de arriba abajo, y cuando digo de arriba abajo digo la verdad, la orinó desde el cuello hasta la cintura, le descargó un sifón de orina, la tiñó de amarillo.
Traté de explicarme la actitud del perro. Descarté la opción más obvia, el juicio de valor sobre el cine de Armando Bo: aquellas películas son hoy parte de la historia, rudimentario arte pop sobre el cual el tiempo ha posado una mirada compasiva y amable.
Descarté, luego, la posible condena moral de un perro integrista: los católicos de hoy prefieren indignarse con las obras de León Ferrari, las contratapas de la revista Barcelona, los abortos de las mogólicas violadas.
Recordé que Isabel Sarli jamás pronunció en ninguna de sus películas la frase que la remera y la leyenda le atribuyen. Lo del perro podía tratarse, entonces, de un manifiesto a favor del rigor histórico. Sin embargo, el énfasis radical del acto situacionista me pareció excesivo para tan poca cosa.
Llegué, al fin, si no a una conclusión, por lo menos a una hipótesis seria: el perro se sintió interpelado por la remera, “habló” a través de ella. Y dijo: ¿Qué pretende usted de mí, un simple perro que pasea por la vereda? Que orine, claro. Que orine y prosiga mi camino, ajeno a las interpretaciones éstéticas, éticas o historiográficas de mis actos, ajeno al modo más o menos arbitrario que otros elijan para contar mi historia.

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