viernes, 7 de noviembre de 2008

La dictadura de Laiseca

No hace mucho leí Su turno para morir, la primera novela de Alberto Laiseca, y –confieso mi ignorancia– también la primera novela de Laiseca que leo. La compré a dos pesos en la librería Libertador, de Corrientes y Talcahuano. Esa librería es para mí una fuente de satisfacción permanente y amerita una larga digresión que no voy a emprender ahora, aunque bien podría, en homenaje a esta novela que es una digresión permanente por la historia, el tiempo y el espacio y que vuelve, al final, al comienzo, cierra no diría el círculo, cierra la cinta de Moebius sobre el poder clandestino y el poder real, los mafiosos oficiales y las instituciones mafiosas. Su turno para morir es una parodia del policial negro, aunque esa definición elemental apenas sirve como punto de partida para su análisis. Es una novela lúdica, vasta en juegos de palabras y situaciones disparatadas, atravesada de tanto en tanto por cierto tono de tragedia shakespeareana. Es una novela de la desmesura, un muy disfrutable ejercicio de la imaginación en acción que le debe mucho al comic y al cine. Hereda de los guiones cinematográficos la convención de los diálogos apenas interrumpidos por paréntesis que marcan las acciones de los personajes. A propósito del cine, tiene indudables ecos de El Padrino, de Coppola: la belleza de algunas masacres, el crimen organizado como herramienta para pensar en la vida y la sociedad contemporáneas.
Es una novela corta, una nouvelle cortísima que empieza en la página 9 y termina en la página 125. Soy incapaz de determinar cuáles rasgos de Su turno para morir serán una constante en la obra posterior de Laiseca. Ya lo dije: es la primera de sus novelas que leo. Su lectura me ha resultado un estímulo formidable para leer las siguientes.
Su turno para morir se publicó en noviembre de 1976. Conociendo la fecha de publicación, la tapa del libro –firmada por C. Quirón– impresiona: es la silueta vacía de un hombre, parada sobre una calle de adoquines. Hacia él, por una calle transversal, viene un auto ominoso, que apenas se ve en la foto. Pero lo importante es la silueta. Es la silueta de un hombre que ya no está. Es lo que ocurría en la Argentina en aquellos días: la gente desaparecía en plena calle, la subían a ominosos autos y se perdía para siempre. La asignación de un valor iconográfico político a la silueta humana es, sin embargo, muy posterior a este libro. Siete años después, el 21 de septiembre de 1983, durante la III Marcha de la Resistencia, las Madres de Plaza de Mayo harán El Siluetazo, una iniciativa de los artistas plásticos Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel. El procedimiento y la obra fueron muy sencillos: siluetas humanas a tamaño natural, miles de siluetas pintadas sobre papeles que luego fueron pegados en las paredes de la ciudad, siluetas que desde entonces se convirtieron en la representación gráfica por excelencia de los desaparecidos.


En la página 45 de la novela, leo el siguiente diálogo:

–¿Ha prestado ya declaración el muerto?
(Jack Mc Grovern):
–Se niega obcecada y de la manera más terminante.
–Continúen el interrogatorio. Traigan más luces. No le den agua y de comida únicamente tocino salado. La fosa y el péndulo. Si continúa, no obstante, atado a viejos esquemas e ideas retrógradas –radio Pekín– le aplicarán la picana en el pupo. Y más abajo.
–Sabe, señor.
–¿Qué cosa?
–No creo que hable, es de los que no hablan.

En la página 46, leo el siguiente párrafo:

Y efectivamente: en sus sótanos privados instaló una silla electrónica para sus condenados a la penúltima pena. Los sentaba y bajando la palanca, muy lejos de sólo quedar atravesando procesos de electrocuciones, los tipos desaparecían desintegrados. Muy poco humo. Cuando el aparato fue perfeccionado, simplemente desaparecían como en las películas.
En la misma página, más adelante, leo:

Cierta vez lo provocaron en una calle oscura –no eran cogoteros, pero si dos borrachones- “¡Eh! vení ¡Qué! ¿dónde vas? eh eh eh”. Lo siguieron durante dos cuadras. “Es puto” “No quiere pelear” “Sí, es puto”. Se paró y dio vuelta. Sólo dijo sacando su silla electrónica: “Ah, sí. Dijo Chuang-Chú”. Y los hizo desaparecer en el más completo silencio. Miró a ambos lados, para ver si debía eliminar además algún molesto testigo, pero la calle estaba vacía. Se marchó.

Su turno para morir no es –por si no ha quedado claro– una novela naturalista, ni mucho menos una novela de denuncia de la dictadura de Videla, Massera y Agosti: de hecho, abundan en el texto las referencias a cierto poder sindical corrupto y omnímodo y hasta las críticas a cierto infantilismo del discurso de izquierda (que contrasta con una irónica pero enfática vindicación de Jean Paul Sartre), que permiten inferir que la primera versión de la obra es anterior al golpe del 24 de marzo de 1976. Y sin embargo, aquí tenemos gente que desaparece en calles oscuras, gente que desaparece gracias a la fabricación de un aparato específico para hacerla desaparecer. Tenemos, también, una desopilante sesión de picana eléctrica con un muerto al que los torturadores acusan de maoísta. Podemos pensar, tal vez, en los 600 desaparecidos de la Triple A, anteriores al golpe de Estado. Se hace difícil, por no decir imposible, leer una novela con ese título, con esa tapa y con los textos citados, desde una perspectiva formalista-estructuralista. Se hace difícil leer una novela argentina publicada en 1976 como si la fecha de su publicación fuese un dato irrelevante. Se hace difícil y un poco pelotudo, digamos. Su turno para morir no es una novela “testimonial”, pero da testimonio de la época que le tocó en suerte. Es una novela “menor” y es justamente su condición de “menor” lo que la hace una gran obra, y el que detecte en esta paradoja cierto parentesco con las ideas expuestas por Baudelaire en el imprescindible El pintor de la vida moderna, tiene toda la razón del mundo. ¡Que vivan, entonces, Laiseca y Baudelaire!

5 comentarios:

daniela dijo...

Pienso ahora en Primo Levi y sus reflexiones sobre el nazismo, quizá puedan también pensarse para tantos otros textos en tantos otros países. Decía él que no había textos "premonitorios" del exterminio pero sí ciertas condiciones de posibilidad , una atmósfera mental social -no solo maldad y ambicion individual- que lo hicieron posible.

Balaoo dijo...

Excelente lectura y la verdad que envidio tu hallazgo, me gustaría que comentes qué otras alegrías te produjo esa librería, slds

malcriadas dijo...

Daniel, le llevamos a Laiseca tu lectura sobre Su turno para morir (él no utiliza la internet). Le gustó mucho, nos pidió que te dijéramos que era la mejor nota que habían escrito sobre su novela. Y que la alegría era doble viniendo de vos pues admira y celebra la existencia de la revista Barcelona.

Daniel Riera dijo...

Amigas malcriadas, sepan que me hace muy pero muy feliz esta noticia. ¡Mándenle un abrazo de mi parte al maestro Laiseca!

Anónimo dijo...

¿Y la larga digresión sobre la librería? ¿Ya se hizo?