martes, 18 de noviembre de 2008

Novela subversiva

De tanto en tanto, periodistas y críticos literarios se preguntan cuál es “la” novela sobre la última dictadura militar. La cantidad de ficciones que han abordado el tema es abundante; su calidad, inevitablemente dispar. Hace unos días, de paso por Córdoba, me regalaron Procedimiento. Memoria de La Perla y la Ribera, de Susana Romano Sued. Quien espere, a partir de ese título, un testimonio naturalista y crudo, un “relato de sobrevivientes” apenas ficcionalizado, se equivoca. La palabra “Procedimiento” remite aquí a los siniestros operativos de los “grupos de tareas”, pero también a lo que hace un escritor cuando trabaja sobre la forma y la estructura de sus textos. La mera didáctica de la denuncia hubiera producido un texto muerto, rancia literatura “comprometida”, un apéndice del Nunca más más o menos “bien escrito” según el caso. Romano Sued prefirió hacer lo que proclamaba Néstor Sánchez:“abrir las formas hasta que no quede nada de ellas”.
En Procedimiento, su primera novela, Romano Sued trabaja sobre la sonoridad de las palabras y sobre el ritmo que surge al combinarlas. Atraviesa la narrativa desde la poesía, pone en tensión el concepto mismo de “narrativa”. Si estamos en un tiempo sin tiempo, si el ámbito del relato es una suerte de eternidad infernal, la cronología no tiene ninguna importancia. Por eso, tal vez, la parodia de cronología: aquí vamos del día tres al día ocho, del día ocho al día dos, del día cuatro al día uno y medio y del día uno y medio al cuarenta y seis y así. Y en el marco radical de esa idea del “no tiempo” no hay lugar para las convenciones de la introducción, el nudo y el desenlace. Lo que hay a cambio es una sucesión de párrafos breves, la (re) creación de una atmósfera irrespirable, envolvente, y la preservación de la voz propia como militancia, como ejercicio liberador.

Acá llueven y salpican vómitos de cincuentaydos desparramándose en mareas sucias de acre resaca involuntaria esparciéndose mientras frisos fríos albergan dientes como dijes, muelas como guijarros, campanillas batiendo hemorragias, derramándose sangres como afluentes brotando desde bien de atrás sin eco de calabozos y picanas que tapen cortejos que arrastran pies y ruedas hacia bosques de mármol y granito moradas últimas flanqueadas por pies acompasados, (compañía de marchas trazando itinerarios a panteones que quisiera mi hogar).
Trato de pensar de qué modo interactúa Procedimiento con otros textos que aluden a la dictadura. Voy a la fundamental Carta Abierta a la Junta Militar que Rodolfo Walsh hizo pública el 24 de marzo de 1977, un año después del golpe de estado. Ahí está todo: la Carta es un vademécum conciso y perfecto que permite saber todo lo imprescindible sobre la dictadura: qué hacían los militares, a beneficio de quiénes y para qué lo hacían. Por qué torturaban y cómo lo hacían, por qué mataban y cómo lo hacían, en qué consistía la política económica y quiénes la dictaban. Ahí está todo. O casi todo, porque Procedimiento agrega la dimensión de lo corporal. Es un libro escrito desde el cuerpo, una materia nueva construida a partir de la materia sojuzgada. Donde Walsh pone datos, Romano Sued pone sensaciones. Cada texto es el complemento perfecto del otro. Son dos maneras –ambas eficaces, ambas necesarias– de encarar el relato de la dictadura.

Acá muslos, pantorrillas, muñecas, cuellos arados, rastrillados por hilos vivientes, ardientes, de cobre, por latas llenas de herrumbre dejando su excavadura tallada en tobillos sin piel, sobre ingles lastimadas, desgarrando tela y epitelios. Latones cargados con desperdicios de alimentos flotando listos para penetrar en lóbulos límbicos en vértigos submarinos remando de través por lagunas de olvido.

Lejos, bien lejos de la épica montonera de Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso, en Procedimiento no hay héroes. El único gesto heroico posible es la supervivencia. Sólo los sobrevivientes podrán dar testimonio de lo vivido. La voz que narra no habla sólo de la supervivencia del personaje protagónico: habla, también, de la supervivencia de la escritura, de la supervivencia de esa voz particular y única. Por eso, tal vez, sería una injusticia ubicar Procedimiento al lado de Nunca más y/o otros tantos catálogos del espanto: su lugar está, más bien, en otro sector de la biblioteca, cerca de las obras de Néstor Sánchez u Osvaldo Lamborghini, escritores fatalmente más celebrados que leídos, que se ocuparon de diluir las diferencias entre el “narrador” y el “poeta” y escribieron textos inclasificables, incómodos, verdaderos dolores de cabeza para la crítica, momentos de choque entre el arte y la cultura. En su prólogo al tomo I de Novelas y cuentos de Lamborghini, César Aira advierte que “hablar de ‘prosa narrativa’ en Lamborghini es un eufemismo bastante precario, por la omnipresente contaminación de prosa y poesía, por el carácter narrativo de su mejor poesía y por la presencia tenaz de elementos no narrativos en su prosa.” Procedimiento presenta dificultades similares para su clasificación. Es un libro libre, un gran triunfo de la subversión.

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