miércoles, 10 de diciembre de 2008

Lesbianismo y represión en El pozo de la soledad

Alguna vez escribí una monografía para Literatura inglesa, en la Uba, sobre esta novela. Luego intenté convertir aquel texto en una nota periodística, sacarle un poco de Academia y ponerle un poco de onda para publicarla en una revista. La carta del editor, justificadamente espantado, me hizo notar que no lo había logrado. De tanto en tanto, vuelvo a intentarlo: esta debe ser la cuarta o quinta versión. Lo importante son las razones por las que vuelvo: El pozo de la soledad es una novela imprescindible, a mi entender una de las obras fundamentales del siglo XX. Como la gente que discrepa de mi opinión es tanta y tan importante, trato de esmerarme para defenderla. Ahí va.


Convengamos que Radclyffe Hall no es una figura simpática. Esa mujer que se vestía de hombre, esa antifeminista que creía en la superioridad masculina, que simpatizaba con los movimientos fascistas, que detestaba por igual a los negros y a los judíos, no es del tipo de personas que uno invitaría a tomar un café. Convengamos, también, que no hace falta invitarla a tomar un café para leerla y disfrutarla, y que vale la pena leerla porque Radclyffe Hall escribió uno de los libros necesarios del siglo XX. Me refiero a El pozo de la soledad, la primera novela lésbica de la historia, la más maldita y la más perseguida. Cuando digo que es un libro necesario, quiero decir que no es una de esas intrascendencias “bien escritas” con las que nos topamos de tanto en tanto. El pozo de la soledad es todo lo contrario de eso. Es una apasionada y apasionante novela escrita para molestar.

Stephen, la invertida

Stephen Gordon es una mujer. Sus padres soñaban con un varón, pero la tuvieron a ella. Le pusieron a su hija el mismo nombre que habían elegido para su hijo. Desde el momento preciso de su nacimiento, Stephen no es la persona que sus padres hubieran deseado. Es otra. El nombre “de varón” prefigura su destino: desde niña sentirá rechazo por la indumentaria femenina y preferirá los pantalones a los vestidos, los caballos a las muñecas, su padre a su madre.
Se enamorará de otras mujeres. Y se dedicará a la literatura.
El pozo de la soledad es, probablemente, la novela más controvertida del siglo XX. El juez Charles Biron la juzgó obscena y prohibió su venta en Inglaterra. La intelligentsia literaria británica la defendió de la censura judicial, pero cuestionó su valor artístico. Algunas feministas lesbianas –no todas, ya veremos– la rechazan por reaccionaria: se sienten más a gusto, por ejemplo, con Orlando, de Virginia Woolf, también publicada en 1928.
Ochenta años después de su publicación, nadie sabe del todo bien en qué estante de la biblioteca colocar El pozo de la soledad. El debate acerca de la sexualidad de Stephen, su personaje protagónico, ha llegado hasta nuestros días. Los intentos por definir la visión del mundo subyacente en la novela tienden a fracasar. Ni conservadora ni libertaria, ni puritana ni radical ( o todo eso al mismo tiempo, o nada de eso al mismo tiempo), El pozo de la soledad no parece encajar fácilmente en ningún clisé ideológico, excepto, quizá, el de “políticamente incorrecta”. Novela de aprendizaje, melodrama, confesión culposa o herramienta liberadora (o todo eso al mismo tiempo, o nada de eso al mismo tiempo), el texto de Radclyffe Hall escapa a toda definición categórica. En esa dificultad para clasificarlo, en esa incomodidad que despierta entre sus lectores de todas las épocas, está, acaso, el secreto de su eficacia literaria.

Radclyffe, la invertida

En 1934, en respuesta a un cuestionario que le enviara el estudiante de Letras Gorham Munson, Radclyffe Hall escribió:

Ofrecí mi nombre y mi reputación literaria en defensa de la causa de los invertidos. Sabía que estaba corriendo el riesgo de lastimar mi carrera como escritora afrontando la tempestad de la controversia, pero estaba preparada para hacerle frente a esta posibilidad porque, siendo yo misma una invertida congénita, entendía “desde adentro” la cuestión, más allá de los libros médicos y psicológicos. Sentí, por ende, que nadie estaba mejor calificada para escribir una obra de ficción sobre el asunto que una experimentada novelista como yo, que a la vez era como la misma gente acerca de la cual estaba escribiendo y estaba en posición de entender sus reacciones espirituales, mentales y físicas, sus alegrías y sus angustias, y a la vez toda la incesante batalla contra un mundo frecuentemente cruel y a menudo ignorante e irracional, un mundo que clasifica un hecho de la naturaleza como “antinatural”, como un pasaporte al ridículo o la condenación...

De acuerdo con su autora, El pozo de la soledad es una novela escrita con un objetivo político, a favor de una buena causa: “ayudar a los invertidos a hacerle frente a un mundo hostil, con dignidad y coraje”, y al mismo tiempo, “guiar a los hombres y mujeres de bien ‘normales’ hacia una comprensión más acabada de los invertidos y una actitud más tolerante con ellos.” Quien espere, sin embargo, una obra didáctica y edificante, está equivocadísimo, tan equivocado como quien espere encontrarse con lo que hoy llamaríamos “una intelectual progresista”. “Los judíos nos odian y nos quieren llevar a una Guerra Europea y después a una Revolución Mundial para destruirnos”, escribió Radclyffe Hall en 1938. “Sus ojos tenían la paciente, interrogante expresión común en los ojos de la mayor parte de los animales y a todos los de aquellas razas que se desarrollan lentamente”, narra en un pasaje de El pozo... en referencia a un joven negro. Vale decir: el hecho de que comprendiera la situación de marginación de las minorías sexuales lejos estaba de significar que comprendiera, y muchísimo menos que hiciera causa común con todos los marginados y sometidos de este mundo.

“Inversión” y tradición

La heroína de El pozo de la soledad no reconoce que elige su sexualidad: sostiene que la naturaleza la eligió por ella. Al nacer, Stephen Gordon tiene las caderas angostas y los hombros anchos. A los siete años, no se parece en nada a su madre. Tiene el cabello rojizo y los ojos castaños como su padre.
Parecíale a Anna que iba a volverse loca, porque este parecido de la niña con su marido la hería como un ultraje, como si la pobre e inocente Stephen de siete años fuera en cierta manera la caricatura de sir Philip; una reproducción imperfecta, inmerecida y mutilada, a pesar de que sabía que la criatura era hermosa.

Las teorías de la “inversión congénita” fueron desarrolladas por los sexólogos Richard von Kraft Ebing y Havelock Ellis. Kraft Ebing es mencionado en la novela: Stephen descubre uno de sus libros en la biblioteca de su padre. La lectura la ayuda a establecer su identidad y a comprender por qué es tan distinta al resto de las mujeres que conoce. Sir Philip, el padre de Stephen, lee, además, a Karl Heinz Ulrich, el maestro de Kraft Ebing. Havelock Ellis escribió el prólogo de la primera edición de la novela.

He leído El pozo de la soledad con gran interés porque –además de sus refinadas cualidades como la novela de una escritora de consumado arte– posee una notable relevancia psicológica y sociológica. Según entiendo, es la primera novela inglesa que presenta, de un modo completa y estrictamente fiel, un aspecto particular de la vida sexual tal cual existe entre nosotros hoy en día.La relación de cierta gente –que, si bien es diferente de otros seres humanos, es a veces del carácter más elevado y las aptitudes más refinadas– con la frecuentemente hostil sociedad en la cual se mueve, presenta problemas difíciles y aún no resueltos. Las amargas situaciones que atraviesan están aquí expuestas tan vívidamente, e incluso con tal completa ausencia de resentimiento, que debemos colocar el libro de Hall en un alto nivel de distinción.

Es necesario aclarar que la “inversión congénita” no era, para ninguno de los dos sexólogos mencionados, la única posibilidad para que una persona se sintiera atraída hacia otra de su mismo sexo. Tanto Kraft-Ebing como Ellis, reconocen, al menos tres grados de invertidos: 1) el congénito; 2) la persona que sufre por haber adquirido la inversión; y 3) el libertino ocasional. En El pozo de la soledad, Stephen Gordon se enamora y se relaciona con dos mujeres a las que caracteriza como “normales”: vale decir, dos mujeres que se visten “de mujer” y tienen “modales femeninos”, que no son “invertidas congénitas” como ella. Tales definiciones resuenan como arcaicas en el siglo XXI, pero al momento en que Radclyffe Hall escribió su novela representaban las teorías más avanzadas acerca de la homosexualidad. Mientras que los “sodomitas” eran intrínsecamente “pecadores, inmorales, depravados y, en algunos casos, criminales”, los “invertidos”, al menos, tenían la posibilidad de ser buenas personas. En palabras de Jonathan Dollimore, “Hall se apropia de la ‘autoridad’ del discurso médico imperante transfiriendo la homosexualidad desde el dominio del crimen al de la naturaleza”
La palabra “invertidos” aparece recién en el tramo final de la novela, en labios del propietario de un sórdido bar para homosexuales de París. El término significa para Stephen una novedad en el camino hacia la adquisición de una conciencia de sí. Hay un nombre, un modo de denominar a los que son como ella. En la atmósfera excéntrica y exótica del mundillo artístico de París, Stephen reconoce que no está sola, que hay muchos como ella, y concluye que las historias de amor “anormales” no suelen terminar con final feliz.
A los siete años, la pequeña Stephen Gordon se enamora de su mucama. En ese contexto, expresará por primera vez su visión de género. “Usted sabe, Collins, que debo ser un muchacho, porque siento que lo soy”. “¿Crees que podría llegar a ser un hombre, si lo pensara con fuerza o rezara, papá?”, le preguntará a su padre. Philip Gordon decidirá criar a su hija como “un muchacho” y hasta se lo comunicará solemnemente. Las respuestas que ofrecen la propia protagonista de El pozo... y la narradora de la novela a la pregunta: “¿Cuál es el género de Stephen Gordon?” parecen negarle toda identidad femenina a Stephen y la sitúan o bien como un hombre envuelto en un cuerpo de mujer o bien como un freak, un fenómeno circense en el límite de lo que usualmente denominamos “seres humanos”. Si nos guiamos por quién Stephen dice ser o quien la narradora de la novela dice que Stephen es, creeremos que es un “monstruo”, una “abominación”, una “equivocación de Dios”, una “pobre criatura monstruosa”, “inhumana”, que “no es una mujer”, que es “el más inexplicable aborto de la naturaleza”, que lleva “el instinto que mora en el alma del macho” y “la arrogancia del macho que había en ella”. La violencia gráfica de estas categorizaciones llevó a algunas teóricas feministas a impugnar el texto de Hall y a considerar a Stephen Gordon y, por añadidura, a El pozo de la soledad, de los delitos de traición al género y lesa misoginia. Si Stephen desea ser un hombre, razonan, es porque reniega de su propio sexo.
En defensa de la sufrida Stephen y de la novela que la cobija, me permito, sin embargo, sugerir otra perspectiva. Stephen no nació de un repollo: es la heroína de una novela de amor de una escritora inglesa y, como tal, se inscribe en una tradición literaria determinada, la riquísima tradición de la literatura inglesa escrita por mujeres. Las heroínas de estas novelas son mujeres que se enfrentan a su entorno y que no encajan con el destino que otros escogieron para ellas. Stephen no reniega de su sexo sino, más bien, del paradigma establecido por la cultura dominante para su sexo. Relacionemos, por ejemplo, El Pozo de la soledad con una novela victoriana clásica: Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen. Descubriremos que la afinidad de Stephen con su padre y el fastidio que le producen las ideas de su madre la emparentan con Elizabeth Bennett, la protagonista de Orgullo y prejuicio. Elizabeth no se subleva contra el mandato social de casarse, pero se permite al menos objetar los mecanismos que determinan la elección (posición económica, apellido, etc.) y elegir ella misma al hombre con el cual se casará de acuerdo con otra escala de valores (sus sentimientos, la inteligencia del candidato). Elizabeth, además, se da el lujo de expresar en voz alta algunas ideas que cuestionan la lógica de la época. Y si en Orgullo y prejuicio subyace un clima asfixiante ante las enormes dificultades de la mujer para tener algo así como una vida propia, en El pozo de la soledad, la sexualidad de Stephen determina, directamente, la expulsión de su propio hogar y la marginación de la protagonista en el mundo de los “normales”, un mundo en el que las mujeres usan vestido, llevan el cabello largo, se casan con hombres y no escriben libros.
Educar a Stephen como “un muchacho” consiste, para su padre, en aceptar y estimular la vocación de su hija por los deportes (la caza, la equitación, la esgrima) y en procurarle una formación intelectual. El diálogo entre Philip Gordon y su esposa acerca del posible futuro de Stephen es revelador acerca del modelo femenino que Stephen rechaza, representado aquí en la figura de su madre:
Quiero que Stephen tenga la mejor educación que el cuidado y el dinero pueden darle.
–Pero, de nuevo, Anna empezó a protestar:
–¿Qué ventajas tiene la instrucción para una niña? –arguyó–. ¿Me amaste menos porque yo no podía con las matemáticas? ¿Me amas menos ahora, porque cuento con los dedos?
[1]

En su artículo “The Mythic Mannish Lesbian: Radclyffe Hall and the New Woman”, Esther Newton señala la paradoja que convirtió a El Pozo de la soledad en una novela “maldita”: “Los conservadores heterosexuales –escribe Newton– condenaron El Pozo... por defender el derecho de las lesbianas a existir; las feministas lesbianas la condenaron por presentar a las lesbianas como diferentes de las mujeres en general.” Para Heather Love, “Newton señala la necesidad histórica de la masculinidad de Stephen: le reconoció a Hall su papel en la destrucción del ‘modelo asexual de amistad romántica’ del siglo XIX y el hecho de que nos dio el primer personaje lésbico autodefinido y completamente sexual de la literatura”[2].
Y si desde las páginas de El pozo de la soledad, tanto la narradora como Stephen Gordon reclaman una y otra vez que una sociedad más comprensiva reconozca el derecho a existir de los “invertidos”, un periodista escribirá una columna incendiaria negándole ese derecho a la novela. Y un juez obrará en consecuencia.

El juicio como crítica literaria
El 19 de agosto de 1928, tres semanas después de la aparición de El pozo de la soledad, el editor del Sunday Express, James Douglas, publicó en su diario una editorial con el título Un libro que debe ser suprimido. “Preferiría darle arsénico a un muchacho o a una chica saludables antes que esta novela. El veneno mata el cuerpo, pero el veneno moral mata el alma”, escribió. Douglas definió a El pozo... como “una pieza seductora e insidiosa, un alegato diseñado para presentar la decadencia de los pervertidos como un martirio infligido por una sociedad cruel sobre estos degradados.”[3] La mecha estaba encendida. Poco después, el Juez Charles Biron inició en Londres un proceso judicial contra la novela, bajo el cargo de “obscenidad”. La acusación no recayó sobre Radclyffe Hall ni sobre Pegasus Press, la editorial que publicó la novela, sino sobre El Pozo de la Soledad, que se convirtió, de este modo, en una suerte de persona jurídica. No se discutía en el juicio la moralidad de la homosexualidad femenina: para el juez estaba claro que el lesbianismo era una inmoralidad absoluta. Lo que el juez se proponía establecer era si la novela de Radclyffe Hall defendía a los “invertidos”.
No hay una sola palabra desde el principio hasta el final de este libro que sugiera que alguien con estas tendencias horribles es al menos censurable o que debería resistirlas de algún modo. Los personajes de este libro que se entregan a estos vicios horribles son presentados a nosotros como gente atractiva y promovidos para nuestra admiración; y aquellos que objetan estos vicios son estigmatizados en este libro como prejuiciosos, tontos y crueles.
Eso no es todo, sino que hay una cuestión mucho más grave, los actos físicos de estas mujeres entregadas a sus vicios antinaturales son descriptos en los términos más tentadores; sus resultados son descriptos como algo que les otorga sosiego, contento y placer; y eso no es todo, sino que además se insiste en que mejora su equilibrio mental y su capacidad.
[4]

En otras palabras, lo que al juez Biron le resultaba inaceptable no era la mera existencia de personajes homosexuales sino el hecho de que éstos fueran presentados en El Pozo... como personas honorables, de buenos sentimientos, inteligentes y talentosas.
Radclyffe Hall intentó defender a su obra durante el juicio, pero el juez Biron no se lo permitió.

Miss Radclyffe Hall: Protesto, protesto enfáticamente.
Sir Charles: Debo pedirle que se calme.
Miss Radclyffe Hall: Soy la autora de este libro.
Sir Charles: Si no puede comportarse en esta corte, deberé pedir que sea retirada.
Miss Radclyffe Hall: ¡Vergüenza! ¡Una novela condenada!
[5]

El proceso judicial funcionó, entonces, como una operación crítica sobre la novela, una operación crítica ejercida desde un poder autoritario que se negó sistemáticamente a escuchar otras voces. El juez Biron, de hecho, le negó a Virginia Woolf –que a pesar de sus reservas con El Pozo... se presentó como testigo en defensa del derecho de Hall a la libre expresión– el derecho a discutir en la corte el concepto de “obscenidad”.
En los Estados Unidos tuvo lugar otro proceso judicial similar al que el juez Biron llevaba adelante en Inglaterra. El tribunal estaba presidido por una mujer: la jueza Bushnell. Los argumentos de la jueza en contra de la novela eran parecidos a los de Biron. La doctora Bushnell observó: “frecuentemente, las atractivas cualidades literarias son el vehículo a través del cual se arriba a la meta de la ilegalidad.”
Las consecuencias jurídicas de los procesos contra la novela fueron, sin embargo diferentes en ambos países. En los Estados Unidos, la condena a El pozo... fue revertida durante la apelación. La Corte de Sesiones Especiales consideró que, si bien la “inversión” (las comillas son mías) era un “problema social delicado”, ese solo hecho no bastaba para convertir al libro en cuestionable. Con astucia comercial, la editorial Covici-Fried publicó la “edición de la victoria” con el agregado de una síntesis del juicio.
En Inglaterra, en cambio, El Pozo de la soledad fue declarado “libelo obsceno” en primera y segunda instancia y permaneció prohibido hasta 1949. Los ejemplares existentes en librerías fueron decomisados y destruídos.
Muchos de los más importantes escritores ingleses y norteamericanos de su época se solidarizaron con Hall, aunque los términos en que esta solidaridad fue expresada no siempre satisficieron el considerable ego de la autora de El pozo... “Hugh Walpole, Desmond MacCarthy y Virginia [Woolf] estaban dispuestos a presentarse a declarar en su favor. La dificultad, como veremos, era que Miss Hall quería que sus testigos declararan que The Well Of Loneliness no sólo era un libro serio, sino una gran obra de arte. Esto parecía un sacrificio demasiado considerable por la causa de la libertad.”[6]
E.M. Forster visitó a Hall para proponerle una carta de protesta en contra de la supresión de El Pozo... Ella deseaba una reivindicación de sus méritos artísticos de su novela, pero la buena voluntad de Forster no excedía el marco de la defensa de la libertad de expresión.[7]
George Bernard Shaw y H.G. Wells, en cambio, coescribieron para el Daily Herald un artículo en el cual ponderaban la “sinceridad” y la “mente abierta” de Hall. Más allá de su artículo, “Shaw dijo que él era demasiado inmoral para ser un buen testigo, y pensaba que la definición legal de obscenidad era estúpida, pero que era tan general que eso la hacía inatacable.”.[8] En los Estados Unidos, declararon a favor del libro como testigos algunos escritores norteamericanos que habían tenido problemas con la censura, como Sherwood Anderson, John Dos Passos, Theodore Dreiser y Ernest Hemingway, y se publicó en los diarios una “Protesta” firmada por setenta y cuatro “hombres de letras, educadores, editores, artistas y publicistas.”[9] La discusión sobre la calidad del libro pasó a segundo plano ante la lucha contra la prohibición.

Hall desde Woolf

En octubre de 1928, Virginia Woolf pronunció dos conferencias sobre “Las mujeres y la novela” en la Arts Society de Newham y la Odtaa de Girton. De la unión, reescritura y ampliación de esas dos conferencias surgió el ensayo que hoy conocemos como “Un cuarto propio”. Ni el nombre de Radclyffe Hall ni El pozo de la soledad aparecen mencionados en el ensayo que llegó hasta nosotros. Habían pasado apenas tres meses desde la aparición de El pozo... y faltaban pocos días para la iniciación del juicio promovido contra la novela en Inglaterra. En dos conferencias que tomaban especialmente en cuenta las dificultades que el entorno social suscitaba entre las escritoras, Woolf no mencionó a Hall, aunque, como veremos, sí habló sobre ella.
De acuerdo con las ideas de Woolf, la exposición apasionada de los sentimientos (o la exposición de los sentimientos apasionados) en un texto literario, puede afear el estilo del escritor, muy en especial si tales sentimientos devienen resentimiento. Por esa razón, precisamente, Woolf opina, por ejemplo, que Charlotte Bronté no ha logrado ser una gran escritora: Woolf puntualiza que en ciertos pasajes de Jane Eyre, “se advierte que la ira estaba afectando la integridad de la Charlotte Bronte novelista.”[10] La contrafigura de Charlotte, la mujer capaz de sobreponerse al contexto opresivo y concebir, a pesar de todo, una gran obra, es, para Woolf, Jane Austen, “una mujer que alrededor del 1800 escribía sin odio, sin amargura, sin miedo, sin protesta, sin sermones.” .
. Radclyffe Hall –felizmente, se los juro– no coincidía con este paradigma de la escritora aséptica. No hay un solo pasaje de El pozo de la soledad en el que las pasiones de los personajes y las de su autora sean disimuladas, camufladas o escondidas. Si aceptamos como razonables las definiciones que Woolf ofrece acerca de Jane Austen y de Charlotte Bronte, pues entonces la propia Woolf se parece más a Jane Austen y Hall se parece más a Charlotte Bronte. En El pozo de la soledad, Stephen Gordon se muerde la lengua hasta que le brota la sangre para detener un ataque de histeria. Una escena semejante es inimaginable en una novela de Woolf o en una de Jane Austen, pero es perfectamente posible en Jane Eyre.
En busca de la novela lésbica soñada, Woolf imagina en Un cuarto propio que se topa con un libro llamado La aventura de la vida, de una tal Mary Carmichael.
¿No hay ningún hombre presente? ¿Me prometen que detrás de aquella cortina roja no se oculta la figura de sir Charles Biron? ¿Me aseguran que somos todas mujeres? Entonces puedo contarles que las palabras que leí a continuación eran éstas: “A Chloe le gustaba Olivia.” No se sobresalten. No se ruboricen. Admitamos en la intimidad de esta reunión que estas cosas suceden. A veces a las mujeres les gustan las mujeres.[11]

La ominosa figura del juez que ordenaría la destrucción de El pozo de la soledad se hace presente en el discurso de Woolf. Charles Biron acecha: si escuchara esta conferencia, podría complicarnos la vida como se la complicó a Radclyffe Hall. Luego de la advertencia, continúa el análisis. “Si a Chloe le gusta Olivia y Mary Carmichael sabe cómo expresarlo, encenderá una antorcha en esa vasta cámara donde nadie ha estado todavía.”[12] El eco de El pozo de la soledad resuena en Woolf y en el público de sus conferencias. Y Woolf simula que El pozo... no existe. O, si acepta que existe, afirma por omisión que Hall no sabe “cómo expresarlo”, por lo cual no ha logrado “encender la antorcha en esa vasta cámara donde nadie ha estado todavía” (en ese lugar a oscuras, ese “pozo” donde la luz no llega). La gran novela de amor lésbico que Virginia Woolf espera no ha sido escrita aún. No es El pozo de la soledad, porque, para Woolf, “la torpeza de la novela es tal que cualquier indecencia queda oculta en ella. Simplemente, uno no puede mantener un ojo en la página.”[13] Y así, “Entonces, nuestro ardor en la defensa de la causa de la libertad de expresión se va enfriando gradualmente, y en lugar de ofrecernos a republicar la obra maestra, hemos empezado a desear que no hubiese sido escrita”[14].
Mientras Stephen Gordon es una mujer que desearía ser un hombre, tenemos, en Orlando, un hombre que se convierte en una mujer. Si el proyecto político implícito en El Pozo... es la afirmación de una identidad negada por el otro y el deseo de ser reconocida, aceptada, integrada con su singularidad al mundo de “los normales”, Orlando, en cambio, “rechaza las certezas tradicionales. Woolf usa la novela para deconstruir las categorías de género y de biografía, para jugar y fantasear con ellas”.[15]
Las objeciones de Woolf a El pozo... no se limitaban a la ostensible esfera estética; había, además, diferencias cruciales acerca de las mujeres en cuestiones de políticas sexuales, cuestiones que eran inseparables de las estéticas. [...] Mientras El Pozo... presenta al lesbianismo como un descargo para una mesa de debate, Orlando traslada a sus lectores al reino de la imaginación, la región de la fantasía y de lo aparente. Pero Orlando no es la evasión estética de una realidad ingrata. Por el contrario, Woolf transforma la realidad y la historia en un teatro de apariencia infinita, una posibilidad mutable que trae aparejada otras series de preguntas: ¿Qué es el género? ¿Qué es la sexualidad? ¿Cuál es la diferencia entre la normalidad y la desviación? [16]

La mayor parte de los seres que ama Orlando van mutando, como él/ella, una y otra vez de género y por momentos no es sencillo discernir a cuál pertenecen, a tal punto que pueden engañar al otro. En este mecanismo lúdico de la novela, la sorpresa ante el engaño dura un segundo y luego la vida sigue como si nada. Ningún proyecto romántico se suspende o se abandona ante el descubrimiento de que el género del interlocutor no es el previsto.
“¿Estás segura de no ser un hombre?”, le preguntaba ansiosamente, y ella repetía como en un eco:
“¿Será posible que no seas una mujer?”, y acto continuo hacían la prueba. Pues cada uno de los dos se asombraba tanto de la rápida simpatía del otro, y sentía como una revelación que una mujer pudiera ser tan tolerante y tan libre en su manera de hablar como un hombre, y un hombre tan extraño y tan sutil como una mujer, que en seguida tenían que hacer la prueba.
[17]

Al igual que para Stephen Gordon –que detesta los vestidos desde su más tierna infancia, y cuando deviene adulta, utiliza hasta ropa interior masculina–, para Orlando, “los trajes no son otra cosa que símbolos de algo escondido muy adentro”. Y sin embargo, “por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista” Stephen utiliza trajes de varón para manifestar quién es: la narradora de Orlando opina que la configuración de una identidad es un proceso mucho más complejo y que la cuestión del género no es tan importante como parece.
Dios y la patria
La primera guerra mundial es un escenario saludable para Stephen Gordon, que sirve a Inglaterra socorriendo a los heridos en una ambulancia. Ante la emergencia nacional, nadie le pregunta a nadie su identidad sexual: todos los que quieren colaborar son útiles y bien venidos. La guerra interrumpe la marginalidad de Stephen. Para entonces, ella tiene 29 años y se enamora de una chica más joven: Mary Llewellyn. Terminada la guerra, Stephen regresa a París con Mary, a quien clasifica como una chica “normal”. Las amistades de la pareja se reducen al mundo de la intelectualidad homosexual de París; cuando quieren salir van a bares para “invertidos”, lugares sórdidos que Stephen detesta. La muerte de Bárbara, una amiga de la pareja, y el suicidio inmediato de Jamie, su compañera, quien no podía compartir su dolor ante la pérdida con el mundo de los “normales”, siembran dudas en Stephen sobre si su amor es lo mejor para Mary. Bastará que reaparezca en su vida Martín Hallam –el único hombre que se enamoró de Stephen, el hombre que la llevó involuntariamente a comprender su condición de “invertida” – para que Stephen lo entregue en sus brazos y renuncie, por amor, a Mary. En El pozo de la soledad, la renuncia es una decisión unilateral e inconsulta, que flagela a la vez al ser amado y al renunciante. El miedo a la muerte del otro en un futuro lejano anula la vida en el presente. Mary Llewellyn goza de buena salud, pero Stephen ha visto morir a una joven en las mismas condiciones que Mary –una “normal” que estaba en pareja con una “invertida” – y está asustada.
Valerie Seymour en El pozo de la soledad opera como vocera de la desesperación de los lectores, para advertirle a Stephen que están cometiendo un error grave.

[...] ¡Por el amor de Dios, conserve esa muchacha a su lado y consiga toda la felicidad que pueda en este mundo!
–No puedo hacer eso –dijo Stephen, torvamente.
Valerie se levantó:
–¡Siendo como es usted... supongo que no! ¡Usted fue hecha para mártir!


Valerie Seymour es una escritora reconocida , una “mujer culta y encantadora” y bisexual, a quien Stephen respeta y con quien suele reunirse para conversar sobre asuntos relativos a la “inversión”. Valerie no cree en el martirio de Stephen ni en el sentido trágico de la vida, y tiene un sentido del humor del que la protagonista carece. “Pero trate de recordar esto: ni siquiera el mundo es tan negro como lo pintan.”, le dirá a Stephen. Valerie no pretende que nadie la acepte ni la deje de aceptar, no ruega por la “comprensión” ni por la “tolerancia” de nadie. Está mucho menos pendiente de la mirada ajena y sufre mucho menos que Stephen.
El mundo de religiosidad judeocristiana es un instrumento de opresión destinado a martirizar a Stephen. Los “invertidos” han sido marcados en la frente, como Caín, necesitan que Dios los perdone, como a Daniel; son “legión”, como los demonios; han cometido “el pecado de la desesperación”y, deben levantarse para reclamar “compasión y justicia”. El libro concluye con una súplica.
”-¡Dios mío! –gimió –. Nosotros creemos, nosotros te hemos dicho a Ti que creemos. No te hemos negado: levántate y defiéndenos. ¡Reconócenos, Señor, a la faz del mundo! ¡Dadnos también a nosotros el derecho a la existencia!

[1] Ibidem. Pág 76.
[2] Love, Heather. “Hard Times and Heartaches: Radclyffe Hall’s Well Of Loneliness”, en http://www.queertheory.com/histories/h/hall_radclyffe.htm
[3] Douglas, James. “A Book Must Be Suppressed” on Sunday Express. August 19th, 1928. Citado en Knauer, Nancy. Op.Cit. Pág.438.
[4] Fallo del juez Charles Biron. Citado en Knauer, Nancy. Op.Cit. Pág.446.

[5] Ibidem.
[6] Bell, Quentin. Virginia Woolf. Volumen II 1912-1941.Barcelona: Editorial Lumen, 1980. Pág. 219
[7] Parkes, Adam. Op.Cit. Pág 4.
[8] King, Steve. “The Well of Loneliness, a ‘phial of prussic acid’”, en www.todayinliterature.com
[9] Knauer, Nancy. Op.Cit. Pág 444.
[10] Ibidem. Pág 96.
[11] Woolf, Virginia. Op.Cit. Pág 107.
[12] Ibidem. Pág. 110.
[13] Carta de Woolf a Lady Ottoline Morrell. Citada en Hemmings, Clare. “Lesbian (Anti-)Heros and Androgynous Aesthetics: Mapping the Critical Histories of Radclyffe Hall and Virginia Woolf.”, en http://www.rbleditora.com/revista/ingles/clare2.html#clara
[14] Woolf, Virginia. (Letters 3: 520). Citado en Parkes, Adam. Op.Cit. Pág.4.
[15] Whitlock, Gillian. “’Everything is out of place’: Radclyffe Hall and the lesbian literary tradition”. Feminist Studies 13, no.3. (Fall 1987). Pág. 561
[16] Parkes, Adam. Op Cit. Pág. 3
[17] Woolf, Virginia. Orlando. Traducción de Jorge Luis Borges. Buenos Aires: 1999. Sudamericana. Pág 187.

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