jueves, 28 de agosto de 2008

Barcelona 142


Lejos

Lejos
bien lejos tan
lejos que detrás
no se ve nada
tan lejos que
ni siquiera
distingo estas
palabras parecen
rastros mínimos
hechos con una
rama sobre la
tierra rastros
que el viento
y las pisadas ajenas
borran sin siquiera
saberlo.

(De El cuarto, en construcción. )

sábado, 23 de agosto de 2008

El inventor del merenteto


Conoceré, pronto, al inventor del Merenteto. Pero lo llamo a las tres de la tarde y está durmiendo. Pero lo llamo a las cinco de la tarde y está durmiendo. Pero lo llamo a las siete de la tarde y está durmiendo. Pero lo llamo a las nueve de la noche y está durmiendo. ¿Por qué duerme tanto el inventor del Merenteto? La esposa del inventor del Merenteto dice que duerme tanto, el inventor del Merenteto, porque está cansado. Y que está cansado, el inventor del Merenteto, porque ha viajado con su Merenteto a cuestas desde Córdoba Capital hasta Marcos Juárez, 280 kilómetros de ida, para llegar a la una de la mañana, y cantar y bailar cuatro horas de furioso Merenteto, y otra vez, 280 kilómetros de vuelta y a dormir, a las diez de la mañana, para despertarse a las dos de la tarde, y a comer, para hacer gimnasia una hora, bañarse y a dormir, otra vez. ¿Conoceré, pronto, al inventor del Merenteto? Esta noche, dice su esposa a las nueve, el inventor del Merenteto se despertará a las once. Y estará dispuesto a recibirme a partir de las doce y cuarto. Entonces sí. Conoceré, pronto, al inventor del Merenteto. Conoceré, pronto, a Jean Carlos.
Lo conozco, al fin, a las doce y diez de la noche.
El inventor del Merenteto es alto, joven y hermoso. Tiene 32 años. Tiene el cabello corto, ensortijado, del color del pimentón. Tiene ojos de un verde tan claro que me llevaron a espiar si usaba lentes de contacto de colores y a descubrir, con sorpresa, que no, que así son sus verdaderos ojos. El color de su piel es el de un café con leche fuerte: cualquiera diría que en su pigmentación conviven el blanco de su padre y el negro de su madre en proporciones idénticas. Su boca es bocota, es hiperboca, es la boca, digamos, del hermano de Angelina Jolie. Usa remeras ajustadas que demuestran a la vez su paso por el gimnasio y su dieta de Actimel y agua mineral. Usa pantalones Tobul. El Efecto Tres Piernas, lo comprobaré más tarde en su concierto, es esencial en las coreografías de los espectáculos de Merenteto. El inventor del Merenteto me dirá que cuando encuentra a alguien con una remera como la suya, una camisa como la suya, un pantalón como el suyo, se le van para siempre las ganas de usar otra vez la susodicha remera, la susodicha camisa, el susodicho pantalón. Para siempre. Es lógico: la persona que inventó el Merenteto no puede vestir como cualquier otra persona.
El patrón rítmico del merengue, dice Jean Carlos, es el mismo del cuarteto. Dos por Dos. Entonces, dice, es natural pensar que la tambora, los vientos, el güiro y las armonías propias del merengue dominicano admitan a y sean admitidas por el cuarteto cordobés. Entonces, dice, la invención del Merenteto es el resultado de una combinación lógica. Jean Carlos nació en la República Dominicana en un barrio pobre, qué digo pobre, digo pobrísimo, qué digo violento, digo violentísimo, nació en Las Cañitas, y Las Cañitas es, en la República Dominicana, un barrio pobrísimo y violentísimo y la última vez que fue a visitar a su madre quiso pasar por Las Cañitas, desoyendo los consejos de su madre, que ya no vive allí, en Las Cañitas. Lo venció la nostalgia, al inventor del Merenteto, y se topó con un tiroteo, pim, pum, bala va, bala viene, entre chicos de 16, 17 años, y recordó con tristeza que cuando era niño, los niños de Las Cañitas se enfrentaban con cuchillos, con navajas, no con armas de fuego como ahora, no de caño en Las Cañitas, no. Jean Carlos no volverá nunca más a Las Cañitas, que ya no es ni siquiera lo que era, y que ya no será, en su vida, nada más que lo que fue. Y fue en Las Cañitas donde supo de Dios. Ahora sigue sabiendo de Dios pero está descarriado, eso dice, descarriado, el inventor del Merenteto, pero ahora se nos hace tarde, porque vamos hacia el estadio del Centro, donde cinco mil personas rugirán, y más que rugirán diría aullarán, y más que aullarán diría gemirán, porque siete de cada diez personas, o sea tres mil quinientos de las cinco mil personas, son mujeres, y más que mujeres, diría, son chicas, porque la mayoría no llegan a los veinte años o los atraviesan, o los acaban de atravesar, y en esas chicas, los escotes bien escotes, los escotes quétetrajeronlosreyes, quiero decir, las tetas casi completamente al al aire, son tan indispensables para participar de un espectáculo de Merenteto como los pantalones Tobul de Jean Carlos, como los pantalones Tobul del inventor del Merenteto. Los escotes quétetrajeronlosreyes son la recompensa, la ofrenda, la prenda (o la falta de prenda) con que las chicas agradecen su arte al inventor del Merenteto.
Son quince personas en escena junto a Jean Carlos, tres tecladistas (a veces uno toca el acordeón), dos coristas, una sección de vientos de tres músicos, un baterista, tres percusionistas, un guitarrista, un bajista, un locutor. Esta noche, los músicos visten de camisa violeta y saco negro. El baile y está compuesto por cuatro selecciones, quiero decir, cuatro partes que duran entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos cada una, con diez minutos de descanso entre una y otra, casi tres horas netas de show. Termina muy cansado, dirá su manager, es el único solista de Córdoba, dirá, y provocará el efecto buscado, que uno se quede mirándolo en silencio, como preguntándole con la mirada si no se está olvidando de la Mona Giménez, y antes de recibir la pregunta obvia, agregará que la Mona no es un solista, que la Mona tiene un desgaste mucho menor que el inventor del Merenteto, porque la Mona tiene dos cantantes que lo acompañan y así es más fácil, así se aguanta mejor. Al día siguiente, así como al pasar, el inventor del Merenteto repetirá lo mismo, que la Mona tiene dos cantantes que lo acompañan y que así es mucho más fácil.
La orquesta suena bien de verdad: afiatada y enérgica, y Jean Carlos canta muy bien, con una voz aterciopelada usual en los cantantes de música tropical del trópico, pero inusual en los cantantes de música tropical autóctonos. Jean Carlos canta temas propios y covers reprocesados de acuerdo con las demandas del Merenteto, covers Merentetizados. Y baila mitad karateca mitad semental, o mejor dicho como un karateca semental. Dice que algunos le dijeron que baila como Chayanne y otros que baila como Sandro y se me ocurre que baila medio como Chayanne y medio como Sandro. Se levanta la remera y muestra y mueve la barriguita, así la llama, y sacude la pelvis y mueve y remueve el micrófono, su micrófono, y entonces queda clarísimo el porqué del uso de los pantalones Tobul y su efecto en el público, pero el público no lo está mirando fijo todo el tiempo, el público hace la ronda, las rondas, enormes rondas de chicas y chicos recorren una larga distancia en círculos, menean todo lo meneable, que es mucho. Y las fans, algunas de las 2400 fans registradas oficialmente en los clubes de fans del inventor del Merenteto, exhiben sus carteles de tela, Las toquetonas, Las piensa en mí, Las Chulas, Las agachaditas, Las Turritas, Las demasiado niñas, Las dinámicas, Las tímidas, El travesti y muchas más, y el locutor lee los carteles. De acuerdo con la tradición cuartetera, el locutor es una especie de arengador, un instrumento más de la orquesta que maneja los tiempos cuando sale un músico y entra otro, cuando hay un cambio de instrumentos o cuando el inventor del Merenteto le tiene que dar alguna indicación a la orquesta, y seguimos assí, assí, con este divertimento, y le damos la bienvenida a las agachaditas, y las integramos assí a esta fiesta, a nuestra fiesta, y seguimos con esta selección y sigue sigue sigue y arranca la banda y sigue tocando y entonces Jean Carlos sigue sacudiéndose, espástico y erótico, y la seguridad no da abasto despejándole las chicas que suben al escenario para tirársele encima, y sigue sigue, pura entrega hasta que termina cada selección y se va a su camarín y se pone un sobretodo negro, decía, y trata de pasar del estado-Merenteto de la conciencia al estado zen, y está calmo, apagado, diría, y se le acerca gente a hablarle y la escucha y le contesta, pero pareciera más bien que preferiría que nadie lo jodiera. En cada descanso el inventor del Merenteto intenta relajarse, se envuelve en un sobretodo negro, se desparrama en una silla y bebe agua mineral. Su padre y su madre eran alcohólicos. Ha visto borrachos a su padre y a su madre, a veces a los dos a la vez, y aprendió la lección. No es abstemio, pero bebe, dice, en contadas ocasiones y con moderación.
Y le canto a la fiesta, al amor, a la diversión, dice. Por eso no hay muertos en mis shows. Y la Mona, en cambio, es muerte, muerte. Yo lo admiro, porque hay que mantenerse tantos años ahí arriba, pero La Mona le canta a la marginalidad, al alcohol, a los pibes chorros, a las prostitutas, y en sus bailes se junta esa clase de gente, no todos, claro, porque lo sigue mucha gente, pero entre esa gente están los pibes chorros, marginales, prostitutas, y después pasa lo que pasa, dice Jean Carlos, que calculó el horario del final de su baile para que no coincidiera con el final del baile de la Mona. Yo cuido a los chicos: si un día me llega a pasar que alguien se muera en uno de mis bailes, no voy a tener el coraje para volver a subir a un escenario.
No la pasó bien, el inventor del Merenteto, cuando llegó a la Argentina en el 90 con tres amigos dominicanos, y uno se volvió, el otro se murió y el otro se quedó y hoy es su brazo derecho. Casi nadie quiso escuchar a Rataplán, su primera banda, que grabó dos discos y pasó sin pena ni gloria porque estaba, dice Jean Carlos, adelantada a su época. Todo lo que hago ahora ya lo hacía en Rataplán pero entonces no tenía éxito y ahora sí, porque era cuestión de insistir y esperar. Yo le dije a mi mujer que Dios nos iba a bendecir, que nos iba a prosperar y aquí estamos, y hoy mi mujer va a la iglesia y yo no, hace mucho que no voy, pero sé que Dios está ahí, que me cuida. Cuando nació Jesús, mi segundo hijo, se dio vuelta la suerte: me llamaron para cantar en Trulalá y así me conocieron los cordobeses, y un año después me fui del grupo y comencé mi carrera solista, diez discos en siete años, más de medio millón vendido, nada más y nada menos, y ahora empiezo a grabar el número once.
Salimos del estadio del Centro veinte minutos antes de las seis de la mañana y nos vamos a desayunar en el mismo 505 con vidrios polarizados en el que llegamos. El 505 lo fastidia: es como un mal necesario. Yo no tengo nada que ocultar, pero si la gente me ve llegar en la Hyundai va a empezar a hablar, y te rayan el auto, y les da bronca, en Buenos Aires es distinto, en Buenos Aires los artistas pueden usar el auto que quieren y no pasa nada, pero acá en Córdoba es distinto, sobre todo en Córdoba Capital.
Desayunamos en una estación de servicio alejada del centro, vacía, donde el inventor del Merenteto puede descansar sin que le pidan autógrafos ni fotos. Jean Carlos toma un te Cachamay. Su esposa compra un cargamento de Actimel para la semana. A las 7 y media de la mañana nos despedimos. A las 7 de la tarde nos reencontramos en la casa del inventor del Merenteto, que sirve Fernet con coca pero toma agua mineral, mientras el niño Jesús corre y juega a las escondidas con los sobrinos de Jean Carlos. Le pregunto por Rodrigo. Sé que cuando él murió estaban peleados, le digo. Dice que es cierto. Se pone serio, taciturno.
Voy a contar algo que nunca conté, y que después que te lo cuente, no lo voy a volver a repetir. Rodrigo me ayudó cuando lo necesité, cuando no me conocía nadie y no tenía dinero, cuando estaba en problemas. Hice coros en uno de sus discos, en uno que no vendió mucho, él empezaba a hacerse conocer pero todavía no era muy famoso. Me pagó mucho más de lo que correspondía y con esa plata me compré una cocina, me compré un montón de cosas que necesitaba. Después, con el tiempo, nos empezó a ir bien a los dos y se generó un puterío, hubo gente que le llenó la cabeza y nos distanciamos. Un día lo llamé para aclarar todo y no me quiso atender, y un día me llamó él y no lo quise atender, y después tuvo su accidente y quedó sin arreglar algo que se hubiera arreglado tan solo con sentarnos a tomar un café. Yo lo admiro mucho, quizá no cantaba muy bien técnicamente, pero él tenía magia, tenía algo, era un gran artista, ni falta hace que lo diga. Le dije que iba muy aprisa, muy aprisa y lamentablemente no me escuchó. Para mí su carrera es el ejemplo de lo que no se debe hacer. Trato de manejarme exactamente al revés que él: rodeado de gente de confianza, con todo el tiempo del mundo, sin drogas. El día que tenga que meterme algo para hacer un baile dejo todo. Te lo juro.
En el programa Lagarto Show, popularísimo en Córdoba, el inventor del Merenteto interpreta dos temas, solo dos temas en vivo con su banda, que ahora tiene un look distinto al de anoche, camperas amarillas y blancas que dicen Jean Carlos en el pecho y Músico en las mangas. Después regresamos a su casa, donde el inventor del Merenteto prepara el vestuario que usará esta noche, y después a Villa El Totoral, a 85 kilómetros de Córdoba Capital. Esta vez viajamos en la Hyundai, una nave espacial con cama para dormir todo el viaje si lo desea. En Villa El Totoral no hay cinco mil personas, habrá unas 500, pero el baile dura exactamente lo mismo y las chicas están aún más excitadas que en Córdoba Capital. Conozco, aquí, a Adriana, la fan número uno, una mujer cuarentona que en el 2002 vio 94 bailes de Jean Carlos y este año planea batir su propio récord. Los músicos de la banda la llaman La nada que hacer. Adriana lo sigue a Jean Carlos a todas partes y dice que verlo es, para ella, tan necesario como respirar. Durante el baile La nada que hacer se ubica al costado del escenario, no con la plebe, no con los fans comunes, sino como la fan número uno que es, y se sacude y se ríe y hay felicidad en sus ojos que miran al inventor del Merenteto una vez más, como si fuera la primera vez. Como en Córdoba Capital pero más excitados, en medio de la selección suben chicas a abrazarlo, suben varones que quieren cantar con él –a uno lo deja, y le va soplando la letra al oído–, suben prepúberes que quieren bailar con él.
Vanesa tiene 18 años y me distingue entre el público. Me había visto llegar con el inventor del Merenteto. Por eso me da una foto, me pide por lo que más quiera que se la haga llegar para que Jean Carlos se la firme. Cumplo con su pedido y me lo agradece. Me pide, entonces, un segundo favor. Llevame a conocerlo, él es mi vida, es todo para mí, tengo todo lo de él, todos sus discos, todas las fotos, todas las notas que salen en las revistas, todo, todo. La llevo y se abalanza sobre el inventor del Merenteto, le dice esto mismo, tengo todo lo tuyo, todos tus discos, todas tus fotos, todas las notas que salen en las revistas, todo, todo. Le dice, también, te quiero, y lo abraza y lo apreta contra sí, lo apreta tan fuerte que pronto nadie duda de que Jean Carlos lo es todo para ella. Y que lo quiere. Como miles de cordobesas.

(Publicado en Txt, en algún momento de 2003)

viernes, 22 de agosto de 2008

El Zócalo

Esta no sé si es mía o del amigo Felipe Granados. El bigotón que viene después de Marx, Engels y Lenin no es La Volpe: es Stalin.


martes, 19 de agosto de 2008

Errata Rattín

La gente de la fabulosa Asociación Argentina de Coleccionistas de Camisetas de Fútbol me escribe para hacerme notar un error de Buenos Aires Bizarro. En mi libro les atribuí equivocadamente la propiedad del no menos fabuloso local de compra-venta-canje de camisetas El Museo. La confusión se origina en el siguiente dato: El Museo (que, repito, sí vende camisetas) y la Asociación (que no lo hace) quedan ambos en la galería Corrientes Angosta (Corrientes 753 o Lavalle 750). El Museo queda en la planta baja y la Asociación en el segundo piso. El Museo tiene fines comerciales y la Asociación no. La Asociación, además, suele realizar "acciones concretas que apuntan a la solidaridad con los sectores más carenciados de la sociedad", según me explican en su carta. El Museo y la Asociación preservan, cada uno a su modo, la memoria del más hermoso de los deportes.

lunes, 11 de agosto de 2008

Nora Lezano

Ayer vi después de un año largo a mi amiga Nora Lezano, fuimos a ver un recital olvidable, nos fuimos en el intervalo, fuimos a su casa, Nora me dijo estoy escribiendo mucho últimamente, tenía una Olivetti Lettera 32 en la mesa del comedor, tenía un poema atravesado en el rodillo de la Olivetti Lettera 32, era un señor poema, un poema poema con nombre y apellido, el nombre y apellido de ella, Nora Lezano. Yo no sabía que Nora escribía, sabía que era una super super fotógrafa una artistísima (nueve de cada diez fotógrafos se creen artistas: Nora lo es). Yo no sabía que Nora escribía no sabía nada de sus increíbles cuadernoras y los leí en su casa en voz alta, había poemanoras, narranoras breves, fragmentos de un dianorario y ahora es la hora de Nora la escritnora ahora Nora atesora obra Nora oscurecea Nora Norea sabe jugar sabe la música de las palabras conoce el poder de las imágenes y sale a buscarlas (¡y a encontrarlas!) sin miedo, apuesta fuerte Nora, a veces aterranora con lo inevitable: el horror de la condición de hija, el desamor que esconde todo amor, la muerte vista con lucidez Cioranora. Y a veces Nora describe con ternora el alivio que supone la caricia de alguien tan desesperado como nosotros. Poemanoras, narranoras y dianorarios sobre la fragilidad de los seres humanos, noradas sobre la imposibilidad de la vida de música ligera y eso que a Nora le gusta Soda y le recuerdo la pregunta que se hace John Cusack en su disquería, la pregunta leit motiv de la película Alta fidelidad, Somos infelices porque escuchamos canciones pop o escuchamos canciones pop porque somos infelices (¡Hornsby!), chi lo sa, sonríe Nora, somos lo que nos sale y enorabuena que exista alguien como Nora y enorabuena por contarla entre mis amigos.

(De La muerte del Sea Monkey, inédito)

sábado, 9 de agosto de 2008

Familia

Hermano: ¿En qué andás? ¿Estás preparando algún libro nuevo?
Yo: Sí. Uno de poemas.
Hermano: ¡Nooooo! ¡Vos tenés que hacer libros periodísticos!
Yo: ¿Por qué no te vas un poco a la puta madre que te parió?
Hermano: ¡Bueno, che, no te ofendas! ¿Vos querés que te adulen, nada más?
Yo: Tenés razón, disculpame. También te podés ir a la reconcha de tu madre.

viernes, 8 de agosto de 2008

Más perritos

Quintín y Flavia se encontraron cuatro súpercachorros en el jardín de una casa deshabitada. Una señora se llevó uno: les quedan tres. Duelen de tan lindos.
Q y F me ayudaron en la campaña César on The blog! (A propósito, el amigo té con leche ahora se llama César Runy: ya hablaremos de eso). Si alguien quiere ver a los súpercachorros, que entre en www.lalectoraprovisoria.com.ar

Aurelio Juan Riera

Mi padre tuvo un pico de presión, agonizó tres días en la cama de un hospital público y luego se murió. En la morgue del hospital mi madre posó su mano sobre la frente de mi padre y le dijo despierta, pero mi padre no estaba dormido y no era Lázaro. Estaba muerto. Su cabeza, lo único que nos permitía ver de su cuerpo la manta que lo cubría, había adquirido un color amarillento. Su cabello, escaso, estaba despeinado. Yo sabía que él no hubiera querido que lo vieran así, pero no tuve el coraje suficiente para peinarlo. De eso, de embellecer la muerte, se ocuparían más tarde los del servicio fúnebre.
Desde que internaron a mi padre en el hospital hasta que murió, mi madre y mis hermanos soñaron con un milagro. Los médicos tuvieron la prudencia de desahuciarlo la primera noche. Cada nuevo informe confirmó la misma noticia: mi padre moriría y ya nada se podía hacer por evitarlo. La fe que no comparto con mi madre y mis hermanos me hizo sentir aún más solo, más desamparado. Fui el único que aceptó la realidad tal cual era desde el principio, el único que intentó acostumbrarse a la idea en lugar de negarla. Mi padre se estaba muriendo. Esa certeza previa no me sirvió de nada, no me ayudó a enfrentar ni mucho menos a comprender el desenlace. No es posible prepararse para un acontecimiento semejante. O por lo menos, no fue posible para mí.
Mientras estuvo en la sala de Terapia Intensiva del hospital, lo visité. Estaba en coma cuatro y tenía la mejilla izquierda hundida por el tubo del respirador artificial. Una vez le dije vamos Rojo, no afloje carajo. En alguna mueca de su boca creí advertir una sonrisa, pero no le dije nada a nadie: no podía saber a ciencia cierta si me escuchaba o no, no tenía la intención de alimentar las esperanzas vanas de nadie. En la última de las visitas le dije supongo que nos estamos despidiendo, espero que sepas que te quiero, espero habértelo demostrado en todo este tiempo.
Esa noche soñé que mi padre se despedía. Que me daba un beso, me decía chau, Querido, y se alejaba, caminando despacio. Me despertó un llamado del mayor de mis hermanos: los médicos del hospital querían hablar con nosotros.
Supe, entonces, que mi padre había muerto.
No recuerdo qué palabras exactas empleó la doctora que nos dio la noticia. Sé que usó eufemismos, que evitó la palabra muerte y el verbo morir, que se excusó, dijo algo como ustedes saben, cuando llegó acá el cuadro era muy grave y no se pudo…
Mi madre preguntó podemos verlo, la doctora dijo sí, está en la morgue. Allí estaba. Lo que quedaba de mi padre era ese cuerpo flaco, amarillo, inerte, al que nunca volvería a ver. Ahora que pasaron cuatro meses puedo decir que lo que quedó de mi padre es mucho más que eso, es mi memoria, es su huella, son los rasgos que heredé de él, las enseñanzas que me legó y también, por qué no, los desencuentros. Lo amaba, aunque durante mi adolescencia llegué a aborrecerlo. Lo amaba y creo que llegó a saberlo. Ahora que pasaron cuatro meses de su muerte puedo asumir lo que quedó de mi padre. Ahora es más fácil que hace cuatro meses, cuando ese cuerpo flaco, amarillo, inerte, fue colocado en un ataúd que al cabo de unas horas fue cerrado con llave, que luego fue llevado al cementerio, que luego cargué hasta una fosa –los amigos y los parientes lejanos pueden decidir si toman o no las manijas del ataúd: los hijos no, los hijos tienen que hacerse cargo– donde unos empleados que no lo conocían, que no sabían que ese hombre había sido mi padre, lo depositaron y lo enterraron en pocos minutos con veloces, enérgicas paladas.
La historia que necesito contar ahora no es de ficción, es la historia de mi padre o, mejor dicho, la historia de su vida como mi padre, que es a la vez, inevitablemente, la historia de mi vida. De modo que al escribir sobre mi padre también estoy escribiendo sobre mí. Chocolate por la noticia, dirás. Pero yo necesito pensar en voz alta y escribir es una forma de pensar en voz alta, de masticar lo que pasó, de enterrar a mi padre.

(De Vas a extrañarlo, porque es justo, 2002)