martes, 30 de septiembre de 2008

El Dani, de Francisco Mouat

Conocí a Daniel Riera hace unos cinco años. Era muy buen amigo de un muy buen amigo, le gustaban más que todo el fútbol y la literatura, y habíamos decidido por correo electrónico que debíamos conocernos personalmente, que no cabía ninguna duda de que tendríamos que hacernos amigos para toda la vida. Daniel vivía en la zona sur de Buenos Aires, en Lanús, un barrio porteño al que yo nunca antes le había prestado atención, incluyendo en mi indiferencia al equipo granate, el Lanús, camiseta a la que Daniel seguía con un fervor inigualable semana a semana.
Viajé el 2002 a Buenos Aires, más que nada a conocer a Daniel, a iniciar de una buena vez nuestra amistad, y en el aeropuerto de Ezeiza me esperaba un taxi coordinado por el Dani que me llevaría directo hasta su casa. Había que correr para llegar a la hora. Iríamos a la cancha.
Fue una operación de relojería. En el trayecto al estadio nos fuimos encontrando con algunos de los habituales compañeros de tablón de Dani, y el grupo se fue ampliando. Durante la caminata Dani me contó una anécdota que retrataba el espíritu de los granates como él: semanas atrás, a uno de los amigos que ahora nos acompañaba, el taxista Alejandro, le habían robado su auto en el clásico contra Banfield, eterno rival de Lanús. Ese día, Lanús le había empatado a Banfield a punta de garra: 1 a 1. Satisfecho, con esa sensación de deber cumplido que te da jugarte la vida contra tu archirrival, Alejandro y sus amigos volvieron hasta donde habían dejado el auto y el Fiat blanco no estaba más. El cuidacoches se había coludido con unos ladrones y así robaron varios autos esa tarde. Alejandro ni se molestó. Lo vio casi como una condecoración. Dijo que con la valentía que había mostrado el equipo esa tarde, no había que preocuparse de semejante tontería. ¿Qué era un auto? Estuvo semanas sin poder trabajar, pero feliz de haber palpado en vivo y en directo el coraje de Lanús en un clásico.
Esa tarde en que nos conocimos con Daniel, Lanús dio vuelta un partido increíble y acabó ganándole en el último minuto por 2 a 1 a Racing. Esa tarde me hice granate.
Ahora en el 2007, cuando por primera vez en su historia Lanús podía coronarse campeón del fútbol argentino, nos escribimos previamente con Daniel. Le dije que vería el partido contra Boca Juniors por televisión, y que me ocupaba el pálpito de que conseguirían el punto necesario para campeonar. Lo que no le dije es que también pensé en su padre. En Aurelio Juan Riera, muerto después de un accidente vascular hace unos años. Dije: este caballero debe estar en algún sitio acompañando a su hijo Daniel en este momento. Vas a extrañarlo porque es justo se llama el libro que me regaló Daniel el mismo día en que lo conocí, el día en que fuimos a la cancha de Lanús. Un homenaje a su padre que Dani escribió después de su muerte, y que cierra así: “Voy a extrañarlo porque es justo. Ya no me hace falta seguir escribiendo. Ya estoy en paz. Puede ser que ya no vuelva a verlo excepto en fotos. Puede ser, sí, pero ya nadie podrá quitarme el sonido de esa voz que resuena en el viento, la voz de un hombre bueno que me dice que me quiere. La voz de mi padre, Aurelio Juan Riera, eterna en mi memoria”.
Grité como un enajenado el gol de cabeza del Negro Sand en la Bombonera el otro día, el gol con que Lanús empezó a ser campeón. Acá en mi casa me miraban como a un bicho raro. Los que no viven la amistad como uno no pueden entender, pero al otro lado de la cordillera un amigo tuyo, un hombre al que quieres porque sí, está tocando el cielo con las manos. Aunque todo sea una ilusión, el Dani estuvo viendo la imagen de su padre en el fondo del vaso de esa cerveza de noche con que apaciguó la euforia que quizás no vuelva a vivir nunca más en su vida. Lanús es un equipo chico que se demoró 93 años en ser campeón. Cuántas derrotas tuvo que pasar antes de levantar la copa. La vida, Daniel. La vida, una suma de restas en el tiempo que a veces tiene el sabor de un milagro.
(Publicado en El Mercurio, de Chile, en diciembre de 2007.)

Noticias de Santiago de Chile

En diciembre de 2007, cuando Lanús salió campeón, mi amigo Pancho Mouat (el mejor periodista que conozco, y conozco a muchos y muy buenos) me escribió para avisarme que había publicado en su columna en El Mercurio de Chile una celebración del título Granate, que era a su vez una celebración de la amistad que nos une. En su columna, Pancho recordaba la vez que lo llevé a la cancha, para ver un triunfo agónico ante Racing, y el ejemplar que le regalé de Vas a extrañarlo, porque es justo, el libro que escribí tras la muerte de mi padre. Ayer me topé en Internet con esta columna sobre la columna de Pancho.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Un tremebundo caso de plagio múltiple

A Ricardo Piglia.
Bueno, aquí estamos, renovando ese vínculo indestructible entre nosotros. Las ideas no se matan. Estoy seguro de que me buscaste en los lugares de siempre y no me encontraste, y que viniste a parar aquí, y sí, me encontraste. Cómo explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome. Las cosas viejas pasaron: he aquí todas son hechas nuevas. La historia me absolverá. En estos días he recibido algunas ofertas de personajes inescrupulosos: querían que revelara los secretos de mi paciente más famoso, Marcelo Tinelli. Que dijera la verdadera razón por la cual lo llaman “El Cabezón”. Me negué. Que contara, con pelos y señales, cierta experiencia de Marcelo con dos traviesas vip que le presentó Florencia. Me negué. Me insistieron para que develara los nombres, los aranceles, para que generara un escandalete que le hiciera ganar dinero a esas revistas, propiciara una crisis en el matrimonio de mi paciente y me convirtiera ipso facto en un profesional poco serio. Los seres humanos, aún en los peores momentos, tenemos que mantener una ética. La pasé mal en estos días: tu lo sabes. Enojado con la humanidad, en estos días pensé que los espejos y la paternidad son abominables, porque todo lo multiplican y lo divulgan. Pero al hombre que lo desvela una pena extraordinaria, como el ave solitaria, con el cantar se consuela. Un querido amigo me dijo que le gustaba cuando callo, porque estoy como ausente, distante y doloroso como si hubiera muerto. Es que, entonces, una palabra y una sonrisa bastan, y mi amigo está alegre, alegre de que no sea cierto.
Por momentos me siento raro. Siento que al otro, a Bucay, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Bucay tengo noticias por correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Nada me cuesta confesar que he logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición.
Y aquí estamos. Insisto. De nuevo juntos. Pido a los santos del cielo que ayuden mi pensamiento: les pido en este momento que voy a contar mi historia, que refresquen mi memoria y aclaren mi entendimiento. Estoy seguro que así se hará. Grita a una montaña y pídele que se eche al mar: si crees lo que dices, seguro que se hará. En estos días la pasé muy mal. Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado el velador, se me cerraban los ojos tan pronto, que ni tiempo tenía para decirme: “Ya me duermo”. Y media hora después me despertaba la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar la luz de una vez; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones.
Una mañana, al despertar de un sueño agitado, me encontré en mi cama transformado en un horrible bicho. Estaba acostado sobre la espalda, una espalda dura sobre su caparazón, y al levantar un poco la cabeza, me di cuenta que tenía un vientre convexo, de color marrón, surcado por numerosas nervaduras. En otro sueño me hallaba en París, buscando a mi novia Magalí. ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andandio de un lado al otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
En los peores momentos, el amor nos ayuda a resistir. ¿Les he dicho ya alguna vez que lo esencial es invisible a los ojos? Si yo hablara lenguas humanas y angélicas y no tengo amor, vengo a ser como bronce que resuena o címbalo que retiñe. Si tengo profecía ye entiendo todos los misterios y todo conocimiento; y si tengo toda la fe, de tal manera que traslade los montes, pero no tengo amor, nada soy. Si reparto todos mis bienes, y asi entrego mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me sirve. El amor tiene paciencia y es bondadoso. El amor no es celoso. El amor no es ostentoso, ni se hace arrogante. No es indecoroso, ni busca lo suyo propio. No se irrita, ni lleva cuentas del mal. No se goza de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. ¿No es verdad? Bueno, eso es todo lo que tengo para decir por ahora, en este feliz reencuentro. Ahora voy a dormir. Ah, un encargo: si llama ella nuevamente por teléfono, díganle que no insista, que he salido... Hasta pronto.
Jorge Bucay
(Publicado en la revista Barcelona, vaya a saber cuándo.)

lunes, 22 de septiembre de 2008

El Eternauta de Firmenich

A Pablo Marchetti.

No hay ninguna historieta argentina más homenajeada, canonizada, celebrada, festejada, recordada que El Eternauta.
¿Cuál Eternauta?
Durante 2007, el ministerio de Educación la editó y distribuyó gratuitamente en colegios secundarios. La Biblioteca Nacional cobijó una muestra en su honor. La revista Fierro, que en realidad se llama Fierro. La historieta argentina, organizó un concurso en homenaje al guionista Héctor Germán Oesterheld, con motivo del cincuentenario.
¿Del cincuentenario de qué?
Durante 2007, incluso, nevó sobre Buenos Aires. Los medios, claro, recordaron la nevada de El Eternauta.
¿De qué Eternauta?
Hasta se estrenó una ópera rock titulada El Eternauta.
¿Qué Eternauta?
En el año 2000, Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski incluyeron a El Eternauta en la colección de obras fundamentales de la literatura argentina editada por el grupo Clarín.
¿A qué Eternauta?
Bueno, al que, en homenaje a César Luis Menotti, podríamos denominar El Eternauta que le gusta a la gente. El que se publicó por primera vez entre 1957 y 1959, con guiones de Oesterheld y dibujos de Francisco Solano López, en la revista Suplemento semanal de Hora Cero. El que comienza cuando Juan Salvo se materializa, una noche, en la casa de un guionista de historietas cuyo nombre no sabemos, dispuesto a contarle sobre una invasión extraterrestre que sucedió en el futuro (en 1963) y que comenzó con una nevada mortal en Buenos Aires. El del ataque a la cancha de River, la bomba atómica sobre el Congreso y la maldita megatrampa final. El Eternauta donde un guionista de historietas se pregunta si será posible evitar la invasión antes que ocurra. (¿Será posible?) El único que reeditó el ministerio de Educación, el único que homenajeó la Biblioteca Nacional, el que llevó a la revista Fierro. La historieta argentina, a hablar de “cincuentenario”, el que tuvo su propia ópera rock, el que Ricardo Piglia y Osvaldo Tcherkaski incluyeron en su colección de obras fundamentales de la literatura argentina, el que cierta unanimidad sospechosa (toda unanimidad lo es) describe como El Eternauta, el único posible (¿Será posible?), el único que existe.
Hay otro Eternauta, sin embargo, poco prestigioso. Se lo publica, sí (lo empuja el peso de su antecesor) pero no se lo celebra ni se lo discute: más bien se lo elude. No fue reeditado por el ministerio de Educación ni homenajeado por la Biblioteca Nacional ni por la revista Fierro. La historieta argentina ni representado en ninguna ópera rock ni incluido en la colección de obras fundamentales de la literatura argentina hecha por Ricardo Piglia y por Osvaldo Tcherkaski. Es un Eternauta al que cierta unanimidad sospechosa (toda unanimidad lo es) se empeña en ningunear.
Es el Eternauta de la segunda parte de El Eternauta, la que completa la obra.
El que se publicó en 1976, durante la dictadura, en la revista Skorpio, con guiones de Oesterheld –que los escribía desde la clandestinidad, en una isla del Tigre– y dibujos de Solano López, que los empezó en Buenos Aires y los terminó en Madrid, en el exilio.
El que Elsa Sánchez de Oesterheld, la viuda del guionista, dice no haber leído.
El que Solano López detesta.
Entre el comienzo de un Eternauta y el final del otro pasaron casi veinte años. Durante esos casi veinte años, Oesterheld fue mutando. (El Eternauta de la segunda parte es un mutante.) El Oesterheld de los 50 era

… “un socialista, librepensador, influido por los emigrados republicanos de la guerra civil española. Era, también “muy antiperonista, aunque no tenía ninguna clase de militancia. Perón le parecía un fascista.”
(Elsa Sánchez de Oesterheld, en “El Eternauta”, de Daniel Riera, revista Gatopardo, mayo de 2000).

“Éramos progresistas moderados de izquierda, con una visión del mundo bastante similar. Los dos sabíamos que vivíamos en un país periférico y sometido a los designios de una política mundial en la que no tenía participación, pero cuyas consecuencias sufría”.
(Francisco Solano López, en Op.Cit.).

El Primer Eternauta es progre. Como Oesterheld y Solano López entre 1957 y 1959.
El segundo Eternauta es montonero. Como Oesterheld, sus cuatro hijas y los dos hijos de Solano López en 1976. Como Solano López, no.
Entre la primera y la segunda parte del Eternauta hay dos semieternautas o eternautas inconclusos. El semieternauta de 1962, por ejemplo, que no es una historieta sino un relato publicado en la revista El Eternauta, y quedó inconcluso porque la revista cerró antes que terminara la historia. En ese semieternauta, Juan Salvo viaja a los Estados Unidos para contarle al ejército norteamericano todo lo que sabe y termina siendo capturado por los Ellos, los grandes responsables de la invasión. Los invasores exterminan a los prisioneros individualistas y dejan con vida sólo a los solidarios. O sea que los Estados Unidos nos defienden y hasta los invasores tienen una ética admirable. Es el Eternauta de la Alianza para El Progreso.
El segundo semieternauta es una historieta que se publicó en 1969 en la revista Gente, con un guión nuevo y expresionistas dibujos de Alberto Breccia. Este nuevo Eternauta de izquierda produjo un verdadero escándalo en una revista de derecha como Gente. Oesterheld y el mundo habían cambiado mucho: el primer capítulo de El Eternauta de Gente se publicó el 29 de mayo de 1969, el mismo día que estalló el Cordobazo. En El Eternauta de Gente, las grandes potencias entregan Latinoamérica al invasor extraterrestre para no ser atacadas.
Tan fastidiado con el guión de Oesterheld como con el carácter experimental de los dibujos de Breccia, el director de la revista, Carlos Fontanarrosa, les ordenó a los autores que lo dejaran inconcluso. Oesterheld le propuso, entonces, resumirlo, para que la historia tuviera un final. Aunque Fontanarrosa accedió al pedido de Oesterheld, El Eternauta de Gente es una obra inacabada, sólo que las partes que le faltan están en el medio. El nuevo guión es una variación sobre el original de 1957-59, pero desde una nueva perspectiva geopolítica: ahora las superpotencias son cómplices del enemigo (son, por ende, el enemigo). El personaje del guionista de historietas al que Juan Salvo le cuenta su historia sigue sin tener nombre, pero ahora tiene el rostro de Oesterheld.
Poco después del golpe del 24 de marzo de 1976, el editor Alfredo Scutti les propuso a Oesterheld y Solano López retomar la historia en el lugar exacto adonde había quedado en 1959. Oesterheld ya era un cuadro de Montoneros y había publicado tres historietas en diferentes periódicos de la organización: 450 años de guerra contra el imperialismo, en El Descamisado; La Guerra de los Antartes, en el diario Noticias; Camote, en Evita Montonera. Dos de ellas sin firma: la otra, con seudónimo. En 1976 llegó, al fin, la tan esperada segunda parte de El Eternauta.

Cuando me empezaron a llegar los guiones, me pareció que era una historieta militante. Le dije a Scutti: «Yo esto no lo hago», y le pedí que hablara con Héctor para que cambiara el guión. Oesterheld cambió las reglas artísticas que nos habíamos impuesto en la primera parte. El nuevo Eternauta era muy maniqueo, muy hecho a la medida de su idea. Los jóvenes habitantes de las cavernas eran los que dirigían la batuta, una ‘juventud maravillosa’, idealizada al máximo, que sabía perfectamente lo que había que hacer y tenía el espíritu solidario para hacerlo. Los padres eran unos viejitos timoratos que estaban acoquinados frente al poder mientras sus hijos iban al frente. Me vi envuelto en un dilema: por un lado, yo estaba totalmente en contra de Montoneros y su actividad guerrillera, y estaba tratando de convencer a mis hijos Martín y Gabriel de que abandonaran la organización, cosa que conseguí con Martín pero no con Gabriel. Por el otro lado, estaba totalmente en contra del terrorismo de Estado de los militares y me parecía que si largaba la historieta me ponía a favor de la dictadura. Entonces preferí seguir, tratando de ponerle un freno a Oesterheld. La verdad es que me resultaba muy difícil imaginarme a aquel hombre que regaba las plantas, jugaba con sus hijas y escuchaba música clásica, convertido en militante revolucionario. En un momento, mi hijo Gabriel cayó en cana y yo pude sacarlo con la condición de que ambos nos fuéramos del país. Así fue como terminé la historieta en Madrid. En cierto modo, tuve la sensación de que estaba huyendo de El Eternauta.
(Solano López en Op.Cit.)

En la segunda parte de El Eternauta, el personaje del guionista de historietas tiene, como es lógico, el mismo rostro del guionista de la versión 57-59 (con las modificaciones determinadas por los cambios estilísticos de Solano), pero ahora tiene un nombre y un apellido. Ahora se llama Germán (“Es mi segundo nombre, pero todos lo prefieren”, explica, para que no queden dudas) Oesterheld. En la primera parte (en el penúltimo cuadrito de la primera parte) el guionista se pregunta si será posible evitar la invasión extraterrestre publicando todo lo que el eternauta le contó. Es un intelectual, un periodista, como quieran llamarlo. (En la primera parte hay un escritor en el frente de batalla, pero no es Oesterheld sino Ruperto Mosca, un historiador que toma nota de los acontecimientos. Pasan tantas cosas que no tengo tiempo de escribirlas, dice Mosca luego de la batalla de la cancha de River. La tensión entre la escritura y la acción está presente en el historiador: descripto como un personaje poco apto para el combate, ofrecerá sin embargo una muestra de coraje al salvarle la vida a Pablo, el chico de 12 años vecino de Juan Salvo, escondiéndolo en la pileta de las focas del jardín Zoológico.)
En la segunda parte, “Germán Oesterheld” es un combatiente. Pelea con lo que tiene a mano: con arco y flecha, con un tanque capturado al enemigo, con un fusil, con una ametralladora. La segunda parte de El Eternauta es un asombroso ejemplo de simbiosis entre vida y obra. (Nótese que, para escribir Operación Masacre, Rodolfo Walsh también se refugió en una isla del Tigre).
Juan Salvo es ahora un mutante: un hombre esclarecido, que ve el futuro. Nadie puede ver lo que ven sus “ojos-abismo”: lo único que queda es creerle, confiar en sus directivas para vencer al enemigo. La victoria es lo único que importa. Perdoná, Germán, te usé como cebo. Por eso te dejé solo… Era la única manera de sorprenderlos, de poder balear alguno…
El nuevo Eternauta es…
…no, no es más el Juan Salvo que conozco… es un extraño total tan ajeno como un “Ello”. Más solo que ninguno está él… la soledad del que puede ver lo que nadie ve…
En su carácter de líder del pueblo de Las Cuevas, Juan Salvo manda al frente a los más viejos en un ataque casi suicida contra el fuerte invasor. Divide al grupo en dos mitades y atrae el fuego invasor sobre una, para que la otra logre pasar. Luego deja que el enemigo convierta a varios de los suyos en hombres robot para darle tiempo a comprender sus maquinarias.
Lo siento… era necesario que desaparecieran. ¡Los dejé convertir en robots para ganar tiempo… ¡Tenía que entender el Cronomaster! … pero su sacrificio no será vano… ¡Gracias a ellos todavía podemos luchar contra el fuerte! ¿Qué importan unas cuantas vidas? ¡Lo que importa es salvar al pueblo de las cuevas!
A pesar de las advertencias de Germán, Juan Salvo mata a un compañero de lucha, el Biguá, con la esperanza de que el mismo disparo sirva para matar a uno de sus enemigos.
En el combate final de la historia, el líder debe elegir a quién salvar: en el promontorio están su esposa, su hija y sus nuevos amigos; en las cuevas están los jóvenes, los chicos, ¡el mañana! Juan opta por salvar a las Cuevas. La moral revolucionaria no sabe de vacilaciones. Los muertos se convierten en banderas. Como Oesterheld.
No murieron en vano María, Elena, Cascote, Martita… y todos los demás. Ellos seguirán siempre en nuestro recuerdo, Germán.
El Eternauta de la segunda parte es un líder blindado: está dispuesto a dar su vida por los demás, pero también está dispuesto (y de hecho lo hace) a dar la vida de los suyos, a entregar a cualquiera en pos de la causa.

La estrategia no era también salvar gente. Si hubiésemos tenido esa estrategia directamente no empezábamos. La estrategia nuestra era transformar la estructura del poder en la Argentina, no salvar gente. Una cosa es concebir una política desde el punto de vista de lo que podemos llamar "Amnesty International", que se dedica a salvar gente y otra cosa es una política planteada desde el punto de vista de una estrategia de poder que pretende modificar la estructura de toda la sociedad. El objetivo de una organización humanitaria es salvar gente. El objetivo de una organización política no es salvar gente, es tomar el poder con el mínimo costo posible.
(MarioFirmenich, entrevistado por Felipe Pigna en www.elhistoriador.com.ar)

En La Guerra de los Antartes, los Montoneros gobiernan la Argentina, apenas disimulados bajo el nombre Consejeros. Los militantes silabean ¡Con-se-je-ros, ca-ra-jo! en la Plaza de Mayo. Igual que en El Eternauta de Gente, las potencias han pactado con el invasor la entrega de Latinoamérica. Los Consejeros (¡carajo!) resisten la entrega. Pero ninguno entrega a sus compañeros para ganar una batalla, como hará (¡en 1976!) El Eternauta de la segunda parte.
Sí, Artemio… Los hizo morir. Tenían que morir… para que nosotros sigamos tratando de salvar las cuevas, dice Biguá en defensa de su líder, ignorante de que Juan no vacilará en asesinarlo cuando lo considere necesario.
En El Eternauta de 1959, la vida de cada hombre tiene un valor único. En El Eternauta de 1976, la vida es un precio que se debe pagar para concretar la utopía de la liberación, lo único que cuenta. Cada combatiente admite la posibilidad de que su líder lo sacrifique, incluso sin tomarse la molestia de avisarle que va a ser sacrificado. En 1979, Firmenich le ordenó a los militantes montoneros dispersos por el mundo que regresaran al país a combatir a la dictadura. Muchos le obedecieron: la llamada “contraofensiva” terminó en una masacre, porque la gran mayoría de los militantes que volvieron al país fueron secuestrados y desaparecidos por la dictadura.
Oesterheld ya no estaba. Lo habían secuestrado en abril de 1977, en la ciudad de La Plata, cuatro meses después de la publicación de la obra que anticipó la ética de la contraofensiva. Como se sabe, hasta hoy continúa desaparecido, al igual que sus hijas Beatriz, Diana, Estela y Marina, y al igual que el marido de Diana, Raúl Araldi, y el marido de Estela, Raúl Oscar Mórtola. Diana y Marina estaban embarazadas, por lo cual es muy probable que los hijos de ambos hayan nacido en cautiverio. Solano López partió al exilio en 1977, junto con sus hijos Gabriel y Martín.
La segunda parte de El Eternauta, la obra en la que Héctor Germán Oesterheld puso el cuerpo como nunca, no goza de la consideración general. Transcurre en una Buenos Aires arrasada y posnuclear, sin paisajes reconocibles. No hay aquí (no, al menos en forma explícita) ni superpotencias ni Latinoamérica ni Montoneros ni militares (En la primera parte, Juan se pone a las órdenes de un mayor del ejército argentino y a él mismo le es asignado el grado de Teniente. Al mayor le sobra coraje pero le falta cerebro). Lo único que hay en la segunda parte es un pueblo oprimido que vive en cavernas, un opresor y una lucha encarnizada. Los oprimidos tienen un líder: Juan Salvo. El líder no es uno de ellos: ha sido extrapolado desde otro lugar en el espacio y en el tiempo para que se pusiera al frente de la lucha (¿Podemos pensar en Perón como en un Eternauta que regresa en 1973 al cabo de un viaje por el espaciotiempo que dura 18 años? Es una posibilidad seductora, pero no cierra, porque la “idea Perón” se mantuvo vigente: Perón estuvo 18 años preparando su regreso) En la segunda parte, la noción de “Héroe en grupo” esbozada por el propio Oesterheld en el prólogo tardío de la primera parte vuela por el aire como la lancha del comisario Villar. Se acabaron las decisiones colegiadas, el fervor democrático de la primera parte, donde ni siquiera el mayor del ejército estaba demasiado resuelto a mandar a su tropa. Ahora la única posibilidad de éxito radica en obedecer al líder. La decisión es voluntaria, pero el pueblo de Las Cuevas acepta tomarla.
Oesterheld plantea un problema ético insoluble: la militancia nos ha deshumanizado, pero tenemos que seguir luchando. El líder de la resistencia (¿Juan Salvo? ¿Mario Firmenich?) se ve obligado a menudo (muy a menudo, demasiado a menudo) a tomar decisiones que involucran muertes de los suyos, decisiones que lo aíslan incluso de sus propios compañeros, que determinan que con cierta frecuencia parezca un hijo de puta. (¿”Parezca”? ¿Solamente “parezca”?). Germán lo respeta y lo sigue, aunque le duela. Y Juan se comporta como se comporta porque “sabe”, porque “ve” más allá. La segunda parte de El Eternauta no es una mera denuncia de la opresión sino, también, un angustiado reconocimiento de las zonas oscuras inaprensibles, pero también inevitables, de los supuestos “buenos”. La vanguardia es así: mesiánica. Esto es lo que hay: obedecer las órdenes de Juan Salvo, muera quien tenga que morir, o rendirse ante el enemigo. Puedo entender que Solano López no simpatice con la historia que debió refrendar con sus dibujos aunque no compartiera sus presupuestos ideológicos, la historia que en ese momento era también la historia de sus hijos y que terminó siendo la historia de su propio exilio. No me parece justo, sin embargo, el adjetivo que utiliza para descalificarla: la segunda parte de El Eternauta es cualquier cosa menos “maniquea”. En todo caso, El Eternauta que le gusta a la gente y El Eternauta montonero completan una obra única, El Eternauta, que describe la evolución de un artista comprometido en el sentido sartreano del término.

También está el hecho de que nunca me interesaron los libros sino los autores que los escribieron. No comparto esa mirada que va a los libros impregnada de consumismo. Para mí lo que vale es el autor, no El castillo o El proceso sino Kafka como obra, como “vida-obra”. Esa es mi forma de tomar las impurezas: no tomar al libro como tal. Saer era un caso extremo de esos cortes. Decía que le gustaba, por ejemplo, El castillo, y tal otro libro no; a mí eso me hace sentir una especie de mutilación. No me gustaría que hicieran eso conmigo, que tomen tal libro y que dijeran: “los primeros siete capitulos sí, los restantes no”. Preferiría que me tomen en bloque, con las impurezas.
(César Aira en “Soy un defensor a ultranza de la alta cultura”,de Gustavo López y Luis Sagasti, diario Perfil, 14 de septiembre de 2007).

La evocación fragmentada de El Eternauta es una operación política, y de las más jodidas, en especial cuando fue tomada desde un despacho oficial como el del ministro de Educación, en especial cuando fue tomada desde un gobierno que se vanagloria de su “política de derechos humanos”, política que, dicho sea de paso, no impidió la desaparición de Julio Jorge López ni logró que apareciera. El silencio sobre la segunda parte de El Eternauta es, también (es, sobre todo) el silencio sobre el debate que propone (en vivo y en directo) respecto de la militancia revolucionaria y las circunstancias en que le toca actuar. (Se olvidaron de invitar a la segunda parte a la muestra sobre El Eternauta. ¿Será posible? Horacio González dijo que ¿Será posible? es la última frase de la historia. ¿Será posible que el director de la Biblioteca Nacional no haya leído la segunda parte de El Eternauta?) Si de veras nos interesa Oesterheld como artista, aflojemos un poco con la estatua y con el mito: dejémoslo interpelar a esta sociedad, a este tiempo, a ver qué pasa. Tanto homenaje seguido le va a hacer mal, lo va a asfixiar como al pobre Martín Fierro, ese souvenir de luxe infaltable en la valija del turista y en la mesita ratona del garca.
La segunda parte de El Eternauta está liberada del aura de la primera. No lleva traje aislante: todavía puede seguir respirando el mismo aire que respiramos todos, puede seguir discutiendo con nosotros (Sólo José Pablo Feinmann se atrevió a pensar sobre ella por escrito). A diferencia de la primera, la segunda parte de El Eternauta tiene algo así como un final feliz: sólo que su desarrollo es tan oscuro y tan amargo que no nos damos cuenta. No… No hay ninguna nevada… También yo recuerdo ahora todo… Esto es peor… ¡¡Mucho peor!!

sábado, 20 de septiembre de 2008

martes, 9 de septiembre de 2008

Letra y música en You Tube

Jorge Huarte me hace llegar una filmación de la reciente lectura que compartimos con Leonor Silvestri y Lucas Balducci y en la cual también tocó el propio Jorge. Lo que subieron a You Tube es un mix con un poco de cada uno. El poema que leo yo se llama Los derechos de la mujer y está en el libro La vergüenza nacional, que sale en noviembre. No se me ve la cara, pero se me oye. Aquí está.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Los compañeros

Valió la pena encontrarse, anoche, con las únicas personas en el mundo que todavía de tanto en tanto me dicen “Pájaro”: mis compañeros del colegio. Éramos unos quince en una de esas pizzerías de San Telmo con número vivo, o sea, con banda pedorra que toca covers como el orto. Y aunque ni el ruido ni la mesa larga facilitaban demasiado la comunicación con los demás, lo cierto es que igual le encontramos la vuelta. Yo iba y venía de una punta a la otra, contame, qué fue de tu vida, en qué andás: había chicos (yo les digo “chicos”: ya no lo son) a los que no veía desde hace veinte años. Estuvo bueno reconocer en esas caras queridas al que uno mismo fue allá lejos y hace tiempo. El solo hecho de mirarlos era gratificante: yo le temía un poco a ese reencuentro con el pasado. Temía que no tuviéramos nada para decirnos, temía que fuéramos un grupete de extraños conocidos. La verdad es que fue al revés. Traté de dedicarle un rato a cada uno y me quedé corto: llegué muy tarde y las tres horas que estuve allí no alcanzaron para hablar con los otros catorce, pero hice lo que pude.
Me descubrí contándole intimidades con toda naturalidad a una amiga a la que en estos años me había acostumbrado a ver sólo por la tele.Yo sabía que habíamos sido amigos hace mucho, pero no sabía si seguíamos siéndolo.Estuvo bueno saber que hay cosas que no se rompen así nomás. Cuando ella me mostró en el fondo de pantalla de su celular la foto de sus hijos, recordé que cuando terminamos el colegio no existían los celulares.
Supe que en este tiempo algunos chicos se enteraron y alegraron por algunas cosas que yo hice: el Bizarro, mi trabajo en la revista Barcelona. Una me dijo que se sentía muy orgullosa de mí. Hablaba como si fuera mi hermana y, en cierto modo, lo es. Nadie elige a sus compañeros, pero yo estoy muy feliz con los que me tocaron en suerte. La verdad es que mi colegio era una mierda: privado, caro, para familias de clase media con aspiraciones de garcas. Ahora veo que mis compañeros evitaron con inteligencia y elegancia la lobotomía que había sido programada para ellos. Son buena gente, todos. Algunos han sufrido golpes duros pero se los ve de pie, enteritos. El que me llevó a mi casa en su camioneta definió mi vida: en su casa, hace 24 años, escuché por primera vez un disco de los Rolling Stones. Era Still Life, que en la Argentina se tradujo como Aún en vivo. Supongo que de eso se trató la reunión de anoche, de celebrar que aún estamos vivos, de no olvidar que todavía contamos con el afecto de nuestros viejos compañeros de ruta.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Todo mal

Las estrías que dejan en
el vidrio del vaso
los restos de yoghurt reseco
El sonido discordante de
la palabra que sobra
El pantalón descosido
a la altura de la ingle.

(de Familia y propiedad, inminente)