martes, 19 de junio de 2012

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Lo peor que tiene Facebook es que los conocidos no se hacen amigos de uno, sino algo así como "más conocidos". Entonces uno descubre -con una sensación que no llega a ser tristeza, que es más bien desagrado- que mucha de esa gente que saluda dos o tres veces por año por cuestiones de protocolo, de laburo o de ambas cosas, es estúpida, prejuiciosa, a veces fascista. No hacía falta saber tanto sobre ellos: nos alcanzaba y sobraba con lo que ya sabíamos. Los completamente desconocidos no joden tanto: jamás los veremos cara a cara, jamás tendremos que simular que nos simpatizan. Y  sin embargo, terminamos pensando que toda esa información inútil -disquisiciones sobre el programa de Lanata, fotos de zorros despanzurrados, campañas de solidaridad estúpida del tipo Si te preocupa la leucemia, pega esto en tu muro-  nos hizo perder tiempo que bien podríamos haber dedicado a nuestros amigos o nuestra biblioteca. 
Nunca tuve ni tendré twitter: la batalla por ver quién es más ingenioso, el intercambio de chicanas berretas en 140 caracteres parece entusiasmar a algunos amigos: a mí me deprime. Hay quien dice que es dinámico y que es la sarasa del futuro de no sé qué. No lo creo. El blog es más específico y a la vez más humilde. Intentás anunciar una novedad, expresar una idea, contar una historia, solo a quienes hagan el mínimo trabajo de visitarte para ver qué querés decir y cómo querés decirlo: llamémosles, en este caso, lectores, porque si algo se ha ofrecido y se ofrecerá aquí es, sobre todo, material de lectura. He visto blogs donde se desarrolla una especie de batalla por ver quien postea el primer comentario. Escriben Pri, con algarabía infantil, al solo efecto de indicar que fueron los primeros en leer el post. No quieren decir nada, o sí, quieren decir que lo bancan al bloggero. Ahora bien, la entidad  bloggero no es muy interesante en sí misma, o por lo menos no tanto como la de escritor, periodista, filósofo, plomero, cocinero, ventrílocuo, técnico de fútbol, lo que sea. Un blog es un vehículo para lo que quieras y nadie llamaría  revistero, digamos, a un tipo que hace una revista. Todavía prefiero Gutenberg a Internet, todavía prefiero el Word al Google Chrome, pero -hecha esta salvedad indispensable- en este micromundo, el blog sigue pareciéndome la herramienta más noble y más simpática. Ahora tendría que hacer algo con este, mi blog. Ponerle un poco más de onda, encontrarle un tono, o aunque más no sea escribir más a menudo sobre lo que se me cante. Iniciar una saga o al menos prometer cosas que luego no cumpliré. Generar una mística. Pensar un poco. Veremos qué sale. 

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